Nuestra insignificancia y su
extraordinario poder
Mario Mercado Callaú
Nuestra existencia no es más que un cortocircuito de luz entre
dos eternidades de oscuridad.
Vladimir Nabokov
Revista Percontari, tema
Lo humano
Cuando hablamos de nosotros, los humanos,
está claro que encontraremos opiniones
muy diversas. Algunas, por ejemplo, afirman
lo grandioso y poderoso que somos; otras, ensalzan
nuestras extraordinarias capacidades de
hacer casi cualquier cosa. Por otro lado, hay corrientes
de pensamiento que son más escépticas
y, más aún, muy poco optimistas sobre nuestra
capacidad de resolver problemas y procurar así
una mejor convivencia.
Vernos o sentirnos superiores a otras especies
es algo que se ha manifestado, a lo largo de la
historia, en las diferentes culturas. El libro del
Génesis, por ejemplo, en su capítulo 1, versículo
26, destaca lo “valiosos” e increíblemente “privilegiados”
que somos: “Hagamos al hombre a nuestra
imagen, según nuestra propia semejanza”. No
solo somos una copia fiel de ese “divino” ser, sino
que nos dio la venia de dominar y someter todo
aquello que está sobre la Tierra: “Sed prolíficos
y multiplicaos, poblad la tierra y sometedla; dominad
sobre los peces del mar, sobre las aves del
cielo y sobre cuantos animales se mueven sobre la
tierra” (Génesis 1:28). Podemos afirmar que esta
ultima parte nuestra especie la tomó muy enserio,
al igual que aquel privilegio de “semejanza”
con el “creador”. Es probable que esta actitud no
solo aliviane nuestros miedos, sino que nos llena
de orgullo, arrogancia y vanidad.
Uno de los rasgos que nos hace humanos es
la búsqueda de la verdad, aunque sea, según el
relato bíblico, comiendo de frutas prohibidas, a
costa del dolor y nuestra propia mortalidad. En
esa búsqueda, es que hemos desarrollado distintos
métodos y artes, entre los que cabe resaltar
la filosofía, teología, ciencia, etc. Esto no implica
desconocer que la verdad como tal se vuelve cada
vez más mezquina. Podemos decir que, a medida
que avanzan nuestras investigaciones y conocimientos
en los distintos campos, descubrimos
un sin número de mentiras, estando muchas de
ellas basadas en nuestras percepciones, emociones
o creencias. Siguiendo esta línea, hoy en día
sabemos que la Tierra no es plana. Conocemos
también que no se encuentra al centro de nuestro
sistema solar ni, mucho menos, en el centro
de nuestra galaxia, descubriendo que ella gira
alrededor del Sol. Ir en contra de esos principios,
consagrados por la fe, podía significar la muerte
en épocas de la Inquisición. Recordemos que
muchos fueron torturados y muertos bajo la
hoguera por cuestionar la “verdad” preestablecida.
Sin embargo, gracias a esos investigadores
y cuestionadores, nuestra civilización avanzó en
procura de mejores días para todos.
Dicho lo anterior, para reflexionar un poco
sobre nuestro “privilegio” en el universo, propongo
los siguientes argumentos que expongo
a continuación.
Humanos y su relación con el espacio
Se debe decir que, en la actualidad, los astrónomos han encontrado, dentro del espectro
visible de observación que tienen nuestros
observatorios con sus complejos telescopios
modernos, 100 mil millones de galaxias, cada
una con, aproximadamente, 100 mil millones de
estrellas parecidas a nuestro Sol. Ahora bien, el
prestigioso astrónomo Alan Boss sostiene que
un 85% de planetas que giran en torno a esas
estrellas tendrían condiciones similares a nuestro
planeta para desarrollar vida. La cantidad de
planetas similares a la Tierra se ha calculado en
10.000 trillones (la cifra se escribe con un uno
seguido de veintidós ceros). Si comparamos
la cantidad de planetas que, probablemente,
pueden tener vida, según Boss, con la cantidad
de personas que viven actualmente en la Tierra
(7000 millones aproximadamente), las personas vivas solo representamos una ínfima parte (7
X10-11%), y esto dentro de nuestro actual espectro
visible del universo.
Humanos y su relación con el tiempo conocido
Actualmente, solo podemos analizar el tiempo
desde el Big Bang, es decir, aproximadamente,
13.8 mil millones de años. Para los científicos,
esto se evidencia a través de la cantidad de helio
que se encuentra en el cosmos, como también
las ondas de radio que quedaron después de
aquella inimaginable explosión. Nuestro Sol
solo aparecería hace 6.000 millones de años y
la Tierra, hace 4.550 millones de años, según
las estimaciones más serias. La vida en la Tierra
se iniciaría hace 3.500 millones de años y
nuestros primeros antepasados datan de tan
solo 3,5 millones de años. El hombre moderno,
como lo conocemos hoy, evidenciaría cambios
en su comportamiento nómada para hacer algo
más sedentario por las primeras nociones de
agricultura, aparecidas hace 12.000 años, y solo
inventaría la escritura, para dejar en la inmortalidad
sus ideas, hace apenas 6.000 años.
Si sacamos una proporción desde la existencia
del primer homínido (ancestro nuestro), con el
inicio del tiempo posterior al Big Bang, apenas
hemos participado en el último tiempo, con
una existencia del 0,025 % del tiempo conocido.
Siguiendo con aquel argumento, y haciendo
una nueva relación entre el tiempo conocido y
un valor arbitrario de 100 años que viva un ser
humano, ese valor sería de (7,24638x10-7 %).
Así, comprobaremos que nuestra existencia individual
es cientos de miles de veces más ínfima
que la anterior relación y, de la misma manera,
cientos de miles de veces más ínfima que en
una relación entre la vida de una mosca (aproximadamente
28 días en el caso de los machos)
comparado con el mismo valor arbitral que
asumimos para los humanos.
Conjetura sobre nuestra inteligencia
En el caso de la inteligencia humana, el astrofísico,
escritor y divulgador de ciencia estadounidense
Neil deGrasse Tyson cuestiona
y reflexiona en medio de una conferencia lo
inteligente que somos, y las comparaciones que
hacemos. Para deGrasse, nuestra inteligencia
radica en una diferencia del 1% de nuestro
ADN, en comparación con la de los Chimpancés.
Está claro que esa diferencia en términos
de nuestro desarrollo de cultura, herramientas,
artes, ciencia y tecnología, comparado con el
más hábil de todos los chimpancés conocidos
que apenas haga algunos gestos primarios de
lenguaje, parecerá una brecha abismal entre
ambos. Pero, suponiendo que exista otro ser que
se diferencie de nosotros con la misma relación
de ese 1% de ADN y en la misma dirección
que los chimpancés de nosotros, deGrasse se
pregunta: “¿Qué seríamos nosotros para esos
otros seres? [...] Tal vez todo lo que somos, y
no es el chimpancé, no es tan inteligente del
chimpancé como nos lo decimos que es. Tal vez
la diferencia entre construir y poner en órbita el
telescopio Hubble y el chimpancé haciendo dos
movimientos de dedos como lenguaje gestual,
tal vez esa diferencia no es tan formidable…”.
Conjetura sobre nuestra “humildad”
Por otra parte, es preciso recordar que el comediante
George Carlin ha hecho una sátira
acertada sobre nuestra exacerbada arrogancia.
En ese afán, él arremete contra el fanatismo
ambientalista. Efectivamente, en su monólogo
Salvando al planeta, plantea que los humanos,
imbuidos de falsas y arrogantes creencias, corremos
a salvar a todas las especies en peligro
de extinción, y la arrogancia máxima es querer
salvar al planeta. Para Carlin, “salvar al planeta”
es otro intento más de entrometernos y tratar
de controlarlo todo, incluyendo la naturaleza.
Según Carlin, es criticable cómo el hombre
(homo sapiens), con 100 mil años en la tierra y
con una industria moderna de menos de 250
años, pueda destruir un planeta de 4.500 millones
de años. “¡Salvemos al planeta! –dice Carlin,
burlonamente– ¿Acaso están bromeando?
¿No podemos ni cuidarnos nosotros mismos y
quieren salvar al planeta? […] El planeta está
bien; la gente está jodida, que es diferente”.
Es bueno decir que los científicos describen
cinco grandes extinciones de especies en la Tierra
desde el inicio de la vida. Estas extinciones
han provocado en menor o mayor proporción
la desaparición del 95%, aproximadamente, de seres vivos en el planeta en cada una de ellas. En
ese sentido, Carlin tiene mucha razón en decir
que, más allá de la actividad humana, eventualmente,
muchas especies van a desaparecer, y
que el cambio climático es cíclico, independientemente
de nuestras actividades como especie
dominante. Pero lo que Carlin no menciona, y
quizá desconoce, es que la actividad humana ha
acelerado estos procesos naturales. Procesos que
debieron ser en miles de años se están dando en
unas cuantas décadas. El problema en sí no es
el planeta o las especies en peligro de extinción;
somos nosotros y nuestra propia existencia. Las
condiciones de vida que tendrán las futuras generaciones
(visualice a sus hijos, nietos, bisnietos)
serán extremas, con factores ambientales muy
adversos. Algunos científicos piensan que, actualmente,
ha comenzado la sexta extinción. En
ese sentido, la comunidad científica, a través de
cientos y miles de estudios diferentes, concluye
que mucho tiene que ver la actividad humana,
pero la mayoría de la población se encuentra en
un proceso de negación al respecto, y aunque
hay mucha información sobre ello, no estamos
actuando inteligentemente.
Sobre los argumentos esgrimidos, solo queda
formular algunos interrogantes: ¿que pasa
con todo ese espacio que no conocemos y qué,
según algunas religiones, fue creado para nosotros?
¿Qué pasa con todo ese tiempo anterior
a nosotros?, ¿fue simplemente creado para que
se desarrollen los humanos? ¿Realmente somos
los seres más “inteligentes” y privilegiados por
ser “creados” a imagen y semejanza de un “divino
creador”? Ante estas cuestiones, me permito
destacar el poder de la voluntad humana dentro
de nuestro limitado espectro de percepciones y
conocimiento. Esto ha hecho que individuos, a
través de sus ideas e inventos, hayan cambiado
la historia y nuestra civilización, pero que quizá
no representen nada en el contexto cósmico o
universal. Por lo tanto, subrayo la importancia
de nuestra voluntad, en el contexto individual
y colectivo, de encarar nuestros problemas del
presente y futuro con esa incesante búsqueda
de verdad, tomando en cuenta nuestras fortalezas
y limitaciones.
Los avances científicos, en los últimos cuatro
siglos, han mejorado nuestra calidad de vida
como civilización, pero, al mismo tiempo, también
han servido para mejorar nuestras herramientas
bélicas y llevarnos cerca de la destrucción
total. A pesar de ello, hemos podido hacer
cambios en nuestros paradigmas. Bill Anders,
astronauta del Apolo 8, tomó una maravillosa
fotografía de la Tierra en la Noche Buena de
1968. La foto se denominó El amanecer de la
Tierra, al tiempo que su autor decía lo siguiente:
“Hemos venido hasta aquí para explorar la
Luna, y lo más importante es que hemos descubierto
la Tierra”. Por muchos años, estas fotos
fueron las más difundidas de toda la historia, y
se cree también que nos ayudaron a vernos de
manera diferente, viviendo en un mundo frágil
y sin fronteras. Años más tarde, el astrofísico,
cosmólogo y divulgador científico Carl Sagan
daría un paso más allá en ese sentido. Sagan,
participó en los envíos de las sondas satelitales
Voyager 1 y Voyager 2 (lanzadas en 1977, en
meses diferentes) para el estudio de los límites
de nuestro sistema solar. En 1990, cuando la
Voyager 1 estaba saliendo de las fronteras del
sistema solar, Sagan pidió a la Nasa que, después
de pasar por Neptuno, la sonda girara con
vista a la Tierra y tomase una última foto, a más
de 6.000 millones de kilómetros, de nuestro
planeta. Sagan la presentó como “un punto
pálido azul”, y plasmó algunas palabras al respecto,
líneas que vale la pena recordar:
“En nuestra oscuridad, en toda esa inmensidad,
no hay muestra alguna que vendrá
ayuda de otro lado a salvarnos de nosotros
mismos. La Tierra es el único mundo
conocido donde existe vida. No hay otro
lugar, al menos en un futuro cercano
al que nuestra especie pueda inmigrar.
¿Visitar? Sí. ¿Establecerse? Aún no. Nos
guste o no, por el momento la Tierra es
donde permaneceremos. Se ha dicho que
la astronomía es una experiencia humilde
que desarrolla el carácter. Tal vez no hay
mejor muestra del disparate de la soberbia
humana que esta imagen distante. Para
mí, enfatiza nuestra responsabilidad de ser
más amables el uno con el otro, y de amar
y preservar al punto azul pálido, el único
hogar que conocemos”.
Después de todo lo expuesto, solo me queda
hacer una pregunta: ¿vale la pena hacer algo
más, a pesar de nuestra fugaz existencia?
Link de la imagen
https://voyager.jpl.nasa.gov/imagesvideo/ss_portrait.html

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