jueves, 3 de noviembre de 2016

Nuestra insignificancia y su extraordinario poder 


Mario Mercado Callaú 

Nuestra existencia no es más que un cortocircuito de luz entre dos eternidades de oscuridad. 
Vladimir Nabokov

Revista Percontari, tema
Lo humano 


Cuando hablamos de nosotros, los humanos, está claro que encontraremos opiniones muy diversas. Algunas, por ejemplo, afirman lo grandioso y poderoso que somos; otras, ensalzan nuestras extraordinarias capacidades de hacer casi cualquier cosa. Por otro lado, hay corrientes de pensamiento que son más escépticas y, más aún, muy poco optimistas sobre nuestra capacidad de resolver problemas y procurar así una mejor convivencia. Vernos o sentirnos superiores a otras especies es algo que se ha manifestado, a lo largo de la historia, en las diferentes culturas. El libro del Génesis, por ejemplo, en su capítulo 1, versículo 26, destaca lo “valiosos” e increíblemente “privilegiados” que somos: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra propia semejanza”. No solo somos una copia fiel de ese “divino” ser, sino que nos dio la venia de dominar y someter todo aquello que está sobre la Tierra: “Sed prolíficos y multiplicaos, poblad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre cuantos animales se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:28). Podemos afirmar que esta ultima parte nuestra especie la tomó muy enserio, al igual que aquel privilegio de “semejanza” con el “creador”. Es probable que esta actitud no solo aliviane nuestros miedos, sino que nos llena de orgullo, arrogancia y vanidad. Uno de los rasgos que nos hace humanos es la búsqueda de la verdad, aunque sea, según el relato bíblico, comiendo de frutas prohibidas, a costa del dolor y nuestra propia mortalidad. En esa búsqueda, es que hemos desarrollado distintos métodos y artes, entre los que cabe resaltar la filosofía, teología, ciencia, etc. Esto no implica desconocer que la verdad como tal se vuelve cada vez más mezquina. Podemos decir que, a medida que avanzan nuestras investigaciones y conocimientos en los distintos campos, descubrimos un sin número de mentiras, estando muchas de ellas basadas en nuestras percepciones, emociones o creencias. Siguiendo esta línea, hoy en día sabemos que la Tierra no es plana. Conocemos también que no se encuentra al centro de nuestro sistema solar ni, mucho menos, en el centro de nuestra galaxia, descubriendo que ella gira alrededor del Sol. Ir en contra de esos principios, consagrados por la fe, podía significar la muerte en épocas de la Inquisición. Recordemos que muchos fueron torturados y muertos bajo la hoguera por cuestionar la “verdad” preestablecida. Sin embargo, gracias a esos investigadores y cuestionadores, nuestra civilización avanzó en procura de mejores días para todos. Dicho lo anterior, para reflexionar un poco sobre nuestro “privilegio” en el universo, propongo los siguientes argumentos que expongo a continuación.

Humanos y su relación con el espacio

Se debe decir que, en la actualidad, los astrónomos han encontrado, dentro del espectro visible de observación que tienen nuestros observatorios con sus complejos telescopios modernos, 100 mil millones de galaxias, cada una con, aproximadamente, 100 mil millones de estrellas parecidas a nuestro Sol. Ahora bien, el prestigioso astrónomo Alan Boss sostiene que un 85% de planetas que giran en torno a esas estrellas tendrían condiciones similares a nuestro planeta para desarrollar vida. La cantidad de planetas similares a la Tierra se ha calculado en 10.000 trillones (la cifra se escribe con un uno seguido de veintidós ceros). Si comparamos la cantidad de planetas que, probablemente, pueden tener vida, según Boss, con la cantidad de personas que viven actualmente en la Tierra (7000 millones aproximadamente), las personas vivas solo representamos una ínfima parte (7 X10-11%), y esto dentro de nuestro actual espectro visible del universo.

Humanos y su relación con el tiempo conocido

Actualmente, solo podemos analizar el tiempo desde el Big Bang, es decir, aproximadamente, 13.8 mil millones de años. Para los científicos, esto se evidencia a través de la cantidad de helio que se encuentra en el cosmos, como también las ondas de radio que quedaron después de aquella inimaginable explosión. Nuestro Sol solo aparecería hace 6.000 millones de años y la Tierra, hace 4.550 millones de años, según las estimaciones más serias. La vida en la Tierra se iniciaría hace 3.500 millones de años y nuestros primeros antepasados datan de tan solo 3,5 millones de años. El hombre moderno, como lo conocemos hoy, evidenciaría cambios en su comportamiento nómada para hacer algo más sedentario por las primeras nociones de agricultura, aparecidas hace 12.000 años, y solo inventaría la escritura, para dejar en la inmortalidad sus ideas, hace apenas 6.000 años. Si sacamos una proporción desde la existencia del primer homínido (ancestro nuestro), con el inicio del tiempo posterior al Big Bang, apenas hemos participado en el último tiempo, con una existencia del 0,025 % del tiempo conocido. Siguiendo con aquel argumento, y haciendo una nueva relación entre el tiempo conocido y un valor arbitrario de 100 años que viva un ser humano, ese valor sería de (7,24638x10-7 %). Así, comprobaremos que nuestra existencia individual es cientos de miles de veces más ínfima que la anterior relación y, de la misma manera, cientos de miles de veces más ínfima que en una relación entre la vida de una mosca (aproximadamente 28 días en el caso de los machos) comparado con el mismo valor arbitral que asumimos para los humanos.

Conjetura sobre nuestra inteligencia 

En el caso de la inteligencia humana, el astrofísico, escritor y divulgador de ciencia estadounidense Neil deGrasse Tyson cuestiona y reflexiona en medio de una conferencia lo inteligente que somos, y las comparaciones que hacemos. Para deGrasse, nuestra inteligencia radica en una diferencia del 1% de nuestro ADN, en comparación con la de los Chimpancés. Está claro que esa diferencia en términos de nuestro desarrollo de cultura, herramientas, artes, ciencia y tecnología, comparado con el más hábil de todos los chimpancés conocidos que apenas haga algunos gestos primarios de lenguaje, parecerá una brecha abismal entre ambos. Pero, suponiendo que exista otro ser que se diferencie de nosotros con la misma relación de ese 1% de ADN y en la misma dirección que los chimpancés de nosotros, deGrasse se pregunta: “¿Qué seríamos nosotros para esos otros seres? [...] Tal vez todo lo que somos, y no es el chimpancé, no es tan inteligente del chimpancé como nos lo decimos que es. Tal vez la diferencia entre construir y poner en órbita el telescopio Hubble y el chimpancé haciendo dos movimientos de dedos como lenguaje gestual, tal vez esa diferencia no es tan formidable…”.


Conjetura sobre nuestra “humildad”


Por otra parte, es preciso recordar que el comediante George Carlin ha hecho una sátira acertada sobre nuestra exacerbada arrogancia. En ese afán, él arremete contra el fanatismo ambientalista. Efectivamente, en su monólogo Salvando al planeta, plantea que los humanos, imbuidos de falsas y arrogantes creencias, corremos a salvar a todas las especies en peligro de extinción, y la arrogancia máxima es querer salvar al planeta. Para Carlin, “salvar al planeta” es otro intento más de entrometernos y tratar de controlarlo todo, incluyendo la naturaleza. Según Carlin, es criticable cómo el hombre (homo sapiens), con 100 mil años en la tierra y con una industria moderna de menos de 250 años, pueda destruir un planeta de 4.500 millones de años. “¡Salvemos al planeta! –dice Carlin, burlonamente– ¿Acaso están bromeando? ¿No podemos ni cuidarnos nosotros mismos y quieren salvar al planeta? […] El planeta está bien; la gente está jodida, que es diferente”. Es bueno decir que los científicos describen cinco grandes extinciones de especies en la Tierra desde el inicio de la vida. Estas extinciones han provocado en menor o mayor proporción la desaparición del 95%, aproximadamente, de seres vivos en el planeta en cada una de ellas. En ese sentido, Carlin tiene mucha razón en decir que, más allá de la actividad humana, eventualmente, muchas especies van a desaparecer, y que el cambio climático es cíclico, independientemente de nuestras actividades como especie dominante. Pero lo que Carlin no menciona, y quizá desconoce, es que la actividad humana ha acelerado estos procesos naturales. Procesos que debieron ser en miles de años se están dando en unas cuantas décadas. El problema en sí no es el planeta o las especies en peligro de extinción; somos nosotros y nuestra propia existencia. Las condiciones de vida que tendrán las futuras generaciones (visualice a sus hijos, nietos, bisnietos) serán extremas, con factores ambientales muy adversos. Algunos científicos piensan que, actualmente, ha comenzado la sexta extinción. En ese sentido, la comunidad científica, a través de cientos y miles de estudios diferentes, concluye que mucho tiene que ver la actividad humana, pero la mayoría de la población se encuentra en un proceso de negación al respecto, y aunque hay mucha información sobre ello, no estamos actuando inteligentemente. Sobre los argumentos esgrimidos, solo queda formular algunos interrogantes: ¿que pasa con todo ese espacio que no conocemos y qué, según algunas religiones, fue creado para nosotros? ¿Qué pasa con todo ese tiempo anterior a nosotros?, ¿fue simplemente creado para que se desarrollen los humanos? ¿Realmente somos los seres más “inteligentes” y privilegiados por ser “creados” a imagen y semejanza de un “divino creador”? Ante estas cuestiones, me permito destacar el poder de la voluntad humana dentro de nuestro limitado espectro de percepciones y conocimiento. Esto ha hecho que individuos, a través de sus ideas e inventos, hayan cambiado la historia y nuestra civilización, pero que quizá no representen nada en el contexto cósmico o universal. Por lo tanto, subrayo la importancia de nuestra voluntad, en el contexto individual y colectivo, de encarar nuestros problemas del presente y futuro con esa incesante búsqueda de verdad, tomando en cuenta nuestras fortalezas y limitaciones. Los avances científicos, en los últimos cuatro siglos, han mejorado nuestra calidad de vida como civilización, pero, al mismo tiempo, también han servido para mejorar nuestras herramientas bélicas y llevarnos cerca de la destrucción total. A pesar de ello, hemos podido hacer cambios en nuestros paradigmas. Bill Anders, astronauta del Apolo 8, tomó una maravillosa fotografía de la Tierra en la Noche Buena de 1968. La foto se denominó El amanecer de la Tierra, al tiempo que su autor decía lo siguiente: “Hemos venido hasta aquí para explorar la Luna, y lo más importante es que hemos descubierto la Tierra”. Por muchos años, estas fotos fueron las más difundidas de toda la historia, y se cree también que nos ayudaron a vernos de manera diferente, viviendo en un mundo frágil y sin fronteras. Años más tarde, el astrofísico, cosmólogo y divulgador científico Carl Sagan daría un paso más allá en ese sentido. Sagan, participó en los envíos de las sondas satelitales Voyager 1 y Voyager 2 (lanzadas en 1977, en meses diferentes) para el estudio de los límites de nuestro sistema solar. En 1990, cuando la Voyager 1 estaba saliendo de las fronteras del sistema solar, Sagan pidió a la Nasa que, después de pasar por Neptuno, la sonda girara con vista a la Tierra y tomase una última foto, a más de 6.000 millones de kilómetros, de nuestro planeta. Sagan la presentó como “un punto pálido azul”, y plasmó algunas palabras al respecto, líneas que vale la pena recordar: “En nuestra oscuridad, en toda esa inmensidad, no hay muestra alguna que vendrá ayuda de otro lado a salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido donde existe vida. No hay otro lugar, al menos en un futuro cercano al que nuestra especie pueda inmigrar. ¿Visitar? Sí. ¿Establecerse? Aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde permaneceremos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia humilde que desarrolla el carácter. Tal vez no hay mejor muestra del disparate de la soberbia humana que esta imagen distante. Para mí, enfatiza nuestra responsabilidad de ser más amables el uno con el otro, y de amar y preservar al punto azul pálido, el único hogar que conocemos”. Después de todo lo expuesto, solo me queda hacer una pregunta: ¿vale la pena hacer algo más, a pesar de nuestra fugaz existencia?


Link de la imagen

https://voyager.jpl.nasa.gov/imagesvideo/ss_portrait.html

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