Mario G. Mercado Callaú
El
amor como problema
Bertrand Russell, el gran filósofo del
siglo XX, escribió en el prólogo de su Autobiografía:
Tres pasiones,
simples, pero abrumadoramente intensas han gobernado mi vida; el ansia de amor,
la búsqueda de conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la
humanidad... He buscado el amor, primero, porque conduce al éxtasis, un éxtasis
tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas
horas de este gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad,
esa terrible soledad en que una conciencia trémula se asoma al borde del mundo
para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque
en la unión del amor he visto en una miniatura mística, la visión anticipada
del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba y, aunque
pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin-
he hallado. (Russell, 2010, p.17)
En esta breve, simple y profunda
explicación sobre la búsqueda del amor, el notable intelectual evidencia un
placer místico, una compañía vital y un gozo que no pertenece a este mundo.
Muchos podrán coincidir que aquel cóctel de emociones, consecuencia de un evento
amoroso significativo, puede ser padre de grandes dichas y, en un sentido
opuesto, padrastro de profundas y devastadoras angustias que genera un amor no
correspondido.
Desde la antigüedad, se narran
maravillosas historias que esbozan lo
que causa estar poseído por los artificios de Eros. El amor ha sido sentido y
se continúa sintiendo por millones de
amadores que dejan huella en la poesía, música, pintura, escultura y otras
disciplinas del arte. Sin embargo, las reflexiones a la luz de la razón sobre
aquel ámbito tan importante en la vida de nuestra especie, hasta hace décadas
atrás, no guardaba ninguna equivalencia con lo expuesto en el mundo artístico.
Es verdad que en toda época han existido
seres que, motivados por ese vitalismo o sufrida agonía han realizado
reflexiones sobre los que haceres de Eros. Lucrecio en el siglo I antes de
Cristo inicia su libro De rerum natura
o La naturaleza de las cosas
solicitando la colaboración de la diosa Venus, divinidad arquetípica del amor.
Con el propósito de guía para la elaboración de su poético razonamiento sobre
el mundo y el universo, así como la búsqueda de algunos fines, que van desde
una explicación material de la realidad, hasta tratar de aliviar ciertas
angustias humanas reflexionando sobre su condición. Lucrecio (2016) parece
tener claro que el amor, más que bienes produce males. Entre ellos, la ilusión
que produce el amor a hombres obsesionados por diosas y ninfas terrenales, que
en ojos de mortales que no han bebido de aquel cóctel que distorsiona hasta las
percepciones visuales como consecuencia de una pasión y ternura desmedida,
puedan observar con mayor rigor que aquellos objetos de deseo apenas cumplen
con lo estrictamente esencial de la femineidad. Si bien Lucrecio alentaba a
huir y buscar refugio contra el amor para evitar el sufrimiento, Ovidio (2016),
contemporáneo a Lucrecio, afirmaba que “el amor trata con mayor aspereza y
ferocidad a aquellos que se resisten que aquellos que se confiesan esclavos
suyos” (p.16).
En apariencia, un hombre legendario como
el héroe épico Odiseo pudo resistir a las flechas de Eros y a la embriaguez de
Afrodita. Se sabe que, aquel héroe destacado por su fina astucia e inigualable
inteligencia, formaba parte de aquel grupo de reyes que pretendían a la mujer
más hermosa de la Grecia micénica, Helena de Esparta. Empero, se cuenta que
Odiseo pensó que tal belleza sólo acarrearía problemas y solicitó a Tindáreo,
padre de Helena, que en caso de no ser elegido como esposo, le diera la mano de
Penélope, su sobrina, hija Icario. Tindáreo sabía que muchos reyes estaban
obsesionados por el amor de Helena, y esto le preocupaba. A razón de aquella
angustia solicitó consejo a Odiseo sobre la solución al problema de elegir un
esposo para su hija, sin que aquello ponga en riesgo la paz en Grecia. El
inteligente héroe aconseja que la princesa Helena elija a su esposo y que los
pretendientes que no fueran elegidos hicieran un juramento para defender y
honrar entre todos aquella voluntaria decisión. Aquel acto planteaba eliminar
la posibilidad de que algún pretendiente, no conforme con la decisión de la
princesa Helena, intente iniciar una guerra por no haber obtenido formalmente
aquel anhelado amor. Ese bello fragmento épico, las consideraciones realizadas
por los poetas clásicos y la reflexión de Russell sobre el amor, tienen como
consecuencia algunas interrogantes: ¿qué es el amor, es sólo un sentimiento?, ¿se
tiene la capacidad de decidir a quién amar, o el amor escapa a la voluntad?,
¿cuánto de lo que hace cada mortal en su vida es para encontrar el amor?, ¿el
amor como lo conocemos es sólo parte de la especie humana? Las reflexiones que
se sustentan en este breve texto no aspiran a satisfacer al lector. Es una
invitación instigadora hacia la propia reflexión sobre un ámbito que puede ser
estrictamente necesario y, en algunos casos, suficiente para tener una buena
vida.
Filosofía
y ciencia: herramientas para desentrañar el arte de Eros
El problema establece una evidente
dimensión del amor a abordar, se trata del amor sentimental que siente cada
hombre y mujer para poder establecer aquella comunión tan especial con otro u
otros seres. Desentrañar el arte de Eros puede tener muchas vías. Para tan
importante tarea se ha considerado que la filosofía y la ciencia son necesarias
en ese cometido. En el campo de la filosofía se ha decidido tomar en cuenta las
reflexiones del filósofo y licenciado en derecho Manfredo Kempff Mercado,
porque son de gran valor para realizar un primer esbozo y trazo de aquella
senda que permita un acercamiento inicial y primigenio a las interrogantes
planteadas. Bajo esa ruta, los avances en las distintas disciplinas científicas
como, los estudios realizados por la antropóloga y bióloga Helen Fisher, pueden
estructurar mejor ese camino para avanzar o crear vías alternativas, con el fin
de lograr un mayor entendimiento de aquel preciado y valorado fenómeno
sentimental. También se tomará en cuenta otros estudios y reflexiones que
colaboren y encaminen a mejores explicaciones del misterioso y popular ámbito
del amor.
Para Marcelino Pérez Fernández (1990) el
libro Filosofía del amor de Kempff es
una de sus obras más personales. Aquella obra se concibe luego de sus cursos
sobre Las formas del sentimiento en la filosofía que Kempff dictó en 1963 en la
XV Escuela Internacional de Verano de Valparaíso (Peréz, 1990). Es digno de
hacer mención, que esas reflexiones han tenido una musa inspiradora, como el
mismo Kempff manifiesta en el prefacio de su obra: “no podríamos destacar la
enorme deuda que tenemos hacia la compañera de nuestra vida quien,
silenciosamente y acaso ignorándolo, fue modelando las ideas que en estas
páginas ahora ofrecemos sistematizadas. A ella, pues, le pertenecen en
espíritu” (2004, p.498). En consecuencia, aquella obra es hija del amor hacia
su eterna amante, Justita Suárez Moreno.
Es necesario mencionar también, que la
reflexión acerca del amor en Kempff se apoya en el método fenomenológico y en
el intuicionismo de Bersong. Del mismo modo utiliza el concepto de 'simpatía' que, para
Bersong era parte de su método, y para Max Sheler junto al concepto de 'unificación
afectiva' tienen una
categoría ontológica porque esos sentimientos preceden a las distintas
actividades humanas, incluyendo la actividad filosófica y científica. Explicar
aquello es necesario para poder entender las herramientas y fundamentos
iniciales utilizadas por Kempff, lo que permite aceptar algunas de sus
tesis o en todo caso rechazarlas a la
luz de un contraste con otras reflexiones o estudios.
Mientras Kempff a través de sus
reflexiones trata de hallar una ontología propia del amor, Fisher realiza sus
estudios desde la ontología materialista. Aquello le permite elaborar
hipótesis, combinar métodos y técnicas de estudio que van desde la utilización
de encuestas, hasta el uso de aparatos tecnológicos como resonadores magnéticos
para obtener imágenes del funcionamiento cerebral. Descrita las herramientas,
métodos y técnicas para abordar el fenómeno del amor en ambos casos, se debe
proceder a desentrañar la fatal consecuencia de los flechazos de Eros.
Definiendo
qué es el amor
Kempff inicia su estudio realizando un
análisis de la obra cumbre de la Grecia clásica que aborda el tema del amor, es
decir, la icónica obra de Platón, El banquete. El objetivo de Kempff es
entender el ideal griego del amor. Para alcanzar aquello, describe cada una de
las exposiciones de los participantes de aquel legendario diálogo. Gran parte
de las visiones expuestas en aquella magnífica obra se mantienen parcialmente
hasta nuestros días en la cultura popular. Por ejemplo, un concepto vox populi
vigente sobre la búsqueda del amor se refiere a encontrar la media naranja,
metáfora que parece tener parcialmente su origen en lo expuesto por
Aristófanes. En su exposición habla sobre la existencia de un tercer sexo
nombrado como andrógino. Aquellos seres
contaban con una cabeza con dos rostros, cuatro orejas ocho extremidades y dos sexos,
además poseían gran fuerza, vigor y orgullo, que intimidaron a los dioses y
estos por miedo y desconfianza deciden separarlos. Eso desató que estos
individuos fragmentados vaguen por el mundo y busquen con ahínco esa mitad faltante para sentirse
completos y alcanzar la plenitud de su ser. En ese mismo diálogo, la tesis
contraria sobre la atracción de los opuestos es expuesta por Erixímaco, que
partiendo de su arte, la medicina, habla del balanceo y la armonía para
alcanzar la salud del enfermo, diciendo:
debe, pues, ser
capaz de hacer amigos entre sí a los elementos más enemigos existentes en el
cuerpo y de que se amen unos a otros. Y son los elementos más enemigos los más
contrarios: lo frío de lo caliente, lo amargo de lo dulce, lo seco de lo húmedo
y todas las cosas análogas. (Platón, 2010, pp.716-717)
Erixímaco plantea que Eros afecta a dos
amantes en oposición que necesitan un acuerdo que los armonice. Sólo si ese
acuerdo es entre dos discordantes inicialmente, Eros triunfará entre ambos. Entre
estas posturas tan antiguas, al día de hoy, existe evidencia que Erixímaco
tenía poca razón. Estudios recientes plantean que la atracción entre opuestos
es poco cierta. El estudio realizado por Tanya Horwitz de la Universidad de
Colorado de Estados Unidos, analizó rasgos comunes y diferentes en pareja como;
las opiniones políticas, consumo de sustancias, nivel de educación y la edad en
la que iniciaron su vida sexualmente activa, entre otros rasgos. Demostrando
que las parejas tenían entre un ochenta y dos y, ochenta y nueve por ciento de
similitud, frente a un tres por ciento de diferencias significativas (DW,
2023).
Analizada las distintas exposiciones del
memorable diálogo, Kempff (2004) sostiene que, a pesar que Platón entiende el
amor como contemplación de la belleza absoluta a través de la enseñanza que
realiza Diotima a Socrátes, en el mundo real también existe belleza, en el
cuerpo y en el alma, siendo estas fácticas y relativas.
Esa conclusión inicial, permite a Kempff
un primer paso en su infatigable búsqueda desde el origen contingente del amor.
Esa contingencia se encuentra en los cambios que ocurren a través del proceso
biológico y psíquico de hombres y mujeres, es decir, el paso de infante a niño
y de adolescente a joven, para luego consolidar su madurez como seres adultos. En
ese proceso analítico, Kempff (2004) encontró en las ideas del psicólogo alemán
Eduard Spranger parte del fundamento de lo que es el amor. Para Spranger existe
una diferencia entre lo sexual y lo erótico. Aquella diferencia es un
antagonismo entre ambos aspectos, es decir, mientras que lo sexual es equivalente
a la libido y al deseo que tiene como consecuencia manifestaciones de
excitaciones sensibles, lo erótico es fundamentalmente psíquico con un conjunto
de valoraciones estéticas y éticas. Y aunque lo erótico se manifieste a través
de la valoración de la belleza del cuerpo, para Kempff que cita a Spranger, en
realidad el aprecio estético es la admiración de la belleza del alma, que se
manifiesta a través del cuerpo.
Mientras que para Spranger existe un
antagonismo en esta cuestión, para Kempff la unión de ambos aspectos son
necesarios para sentir el amor sentimental hacia una pareja. No obstante,
Kempff (2004) aprovecha la diferencia marcada por Spranger, a saber, entre la
atracción sexual y la atracción erótica, para refutar algunos planteamientos
realizados por Freud, como sus ideas del complejo de Edipo, a saber, razona y
afirma que lo erótico-asexual es lo que encamina a un hijo a sentir por su
madre o lo que una madre puede sentir por su vástago.
En una línea opuesta, Kempff (2004)
advierte, sin embargo, que para sentir el deseo sexual se necesita un mínimo de
erotismo:
Así como para
comer no sólo se necesita de hambre, sino de apetito hacia el manjar, pues con
desagrado o asco el bocado es devuelto antes de saciar, lo mismo sucede
–mutatis mutandis- con el hambre de sexo: se necesita cierto apetito o simpatía
sexual. (p.554)
Lo erótico acompaña inseparablemente,
aunque sea en pequeñas dosis, a la sexualidad. Bajo ese razonamiento, el amor
para Kempff (2004) existe a partir de lo erótico y sexual o como él lo escribió
erótico-sexual y, sólo sobre ese amor, un hombre y una mujer pueden estructurar
una relación sólida.
Posterior a las reflexiones de Kempff emergieron
nuevas y más publicaciones que buscaban seguir desentrañando los secretos del
poder de Eros. Fisher en su obra, Por qué
amamos, divulga algunas de sus conclusiones e hipótesis de los distintos
estudios que ha realizado. Sus razonamientos gozan del uso de técnicas y
tecnologías potentes para explicar la
complejidad del amor. Para Fisher (2004) el amor está compuesto por tres redes
cerebrales primigenias que se desarrollaron como consecuencia de la evolución,
para lograr que cada amador sucumba al acto carnal y pueda multiplicar su prole.
Cada red o impulso cerebral está rigurosamente identificado. Una primera red
tiene que ver con el deseo de obtener satisfacción y placer sexual. Según
Fisher (2004), esa red emergió para motivar en nuestros antepasados la unión
sexual con casi cualquier persona que se cruzara en frente. Una segunda red se
relaciona con el amor romántico, es decir, es aquella sensación de euforia y
obsesión que se siente por un sólo objeto de amor y adoración. Aquello
permitiría concentrar recursos y esfuerzos en la conquista del ser amado, ahorrando
tiempo y energía de gran valor para lograr la unión sexual. En términos más
populares el impulso del amor romántico es el enamoramiento. La tercera red
tiene que ver con el sentimiento de apego, se refiere al cariño que produce una
mezcla de sentimientos de calma, paz y seguridad que sienten aquellas parejas
que se acompañan por un largo camino, con el fin de amar a la pareja lo
suficiente para criar entre ambos a sus vástagos. En resumidas cuentas, Fisher
(2004) propone que el amor está estructurado por la evolución física y química
del cerebro. Sin duda, sus conclusiones difieren enormemente a lo planteado por
artistas y poetas, que marginaron al cerebro rindiendo equivocadamente culto al
corazón.
Mientras que el amor en Kempff se
fundamenta en lo erótico-sexual, por muchos pasajes de su obra parece describir
no la totalidad del amor, sino, aquella red o impulso que Fisher logra
identificar como amor romántico. Aquel impulso puede ser tan poderoso que en
situaciones extremas rebaja y menoscaba el comportamiento regular de una
persona. Un buen ejemplo de aquella situación citada textualmente por Kempff
(2004), es la desesperada carta que
escribe Eloísa a su amor Abelardo donde manifiesta:
Aunque el nombre
de esposa sea juzgado más santo y más sólido, otro hubiera sido dulce a mi
corazón, el de tu querida; y, lo diré sin chocarte, el de tu concubina o de tu
instrumento de placer; esperando que, cuanto más pequeña y humilde me hiciera,
más me elevaría en gracia y en favor junto a ti, y que, limitada a ese papel
estorbaría menos tus gloriosos destinos… Adiós, lo eres todo para mí. (p.565)
No obstante, en su visión del amor como
lo erótico-sexual el deseo sigue siendo significativo. Y este amor producto de
ese equilibrio – o desequilibrio- puede llevar a manifestar todo tipo de
irracionalidades con la meta de conservar ese amor, aunque sea parcialmente.
Otro ejemplo que pone en manifiesto Kempff (2004) es la carta que envía la
señora Guyonnet a su amante Pablo Chamberland, que luego de una larga ausencia
descubre que él se está por casar y escribe lo siguiente:
Cásate, amigo
adorado, cásate y procura ser feliz: te lo consiento. Lo único que te pido, en
nombre de nuestro cariño, que fue entrañable y dulce -¿cierto?-, es que pienses
en mí y no en otra el día en que decidas engañar a tu mujer… Créeme, Pablo, por
interés de uno y otro lo digo: guarda para tu antigua amiga las delicias de tu
primera infidelidad. (p.571)
Pero aquella fuerza del deseo y amor
romántico, en términos de Fisher, merman con el tiempo. Para Kempff (2004) este problema de la prolongación del amor
erótico-sexual aunque disminuya como consecuencia del ineludible poder de
Chronos en el amplio espectro vivencial, puede ser renovado desde el interior
de los amantes, porque si la fogosidad e intensidad del amor sólo está
inspirado en el deseo sexual, pronto llegará la saciedad y el aburrimiento.
Mientras que un amor estructurado en lo erótico-sexual contiene incontables
formas de variación. Como Kempff (2004) dejó escrito: “Todo depende de la
imaginación y riqueza interior de las personas” (p.570). Esa prolongación del
amor planteada por Kempff (2004) describe al apego, un impulso cerebral
identificado por Fisher, como una emoción más profunda y que puede mantenerse
en el tiempo.
Dado aquellos razonamientos, conviene
señalar otro descubrimiento que es transversal a los tres impulsos que
conforman al amor desde una mirada biológica y antropológica. Desde tiempos
remotos, hombres y mujeres han buscado brebajes y pócimas para muchas
cuestiones como: la juventud, la inmortalidad y el amor. Son preocupaciones que
mantienen su vigencia en la actual civilización. Ya Ovidio (2016) desconfiaba
de aquellas pócimas que puedan conseguir un amor, como manifiesta en el Libro
II del Arte de Amar: “Se engaña aquel que acude a las artes de Hemonia (pueblo
lleno de hechiceras) y da de tomar lo que arranca de la frente de un potro
recién nacido. Las hierbas de Medea no harán que el amor perviva, ni los
conjuros de los marsos (pueblo de brujos) acompañado de mágicos sones” (p.194).
En la actualidad, muchas investigaciones han identificado las variantes del
cóctel químico del amor, incluso su ubicación. Y se encuentra en nuestro
cerebro y en el de otras especies.
Para Fisher (2004) los elevados niveles
de dopamina en el cerebro producen una gran concentración de la atención, una
motivación tesonera y colabora para tener una conducta con fines claros.
También se sabe que la dopamina se encuentra relacionada con el aprendizaje de
estímulos nuevos. Fisher (2004) mantiene la hipótesis de que la dopamina ayuda
a mantener la concentración en el ser amado y que permite pasar por alto los
defectos y cuestiones negativas del objeto de aquella insaciable obsesión.
Según las encuestas realizadas por ella, los enamorados locamente ven en el
objeto de su amor novedades únicas. Se conoce también que la dopamina en el
cerebro produce euforia, entre otros sentimientos que manifiestan los
enamorados. Otro químico cerebral que forma parte de dicho coctel es la
norepinefrina, una sustancia derivada de la dopamina. Esta sustancia puede
generar euforia, energía excesiva, insomnio y hasta pérdida de apetito. Es
posible que niveles altos norepinefrina contribuyan a recordar a la pareja y
rememorar intensamente los momentos que vivieron juntos. Teniendo niveles
elevados de dopamina y norepinefrina y, en un sentido opuesto, niveles bajos de
serotonina, aquel cóctel químico se relaciona con esos fuertes impulsos y pulsiones
obsesivas por el ser amado (Fisher, 2004).
La compleja dinámica química del cerebro
permite que se activen las distintas redes e impulsos cerebrales logrando que
cualquier mortal pueda sentir amor por otro ser. Fisher identifica que cada red
cerebral tiene su propio conjunto dinámico de químicos que modulan el
comportamiento. El impulso del amor romántico o estar enamorado revela niveles
elevados de dopamina y norepinefrina, al mismo tiempo que niveles bajos de
serotonina. La red o el impulso cerebral
que desata la hoguera del deseo sexual revela niveles importantes de testosterona,
mientras, el impulso cerebral del apego se alimenta de hormonas como la
oxitocina y la vasopresina (Fisher, 2004). Cabe señalar que, cada individuo
presenta una diferente nomenclatura química, lo que modula la personalidad de
cada amador. Es posible imaginar, por ejemplo, que el arquetipo del
conquistador del siglo de las luces, Giacomo Casanova, bajo ese contexto
cultural de permisividad que existía en Venecia y poseído por una adicción a la
dopamina y norepinefrina haya desarrollado aquella legendaria actitud de galán,
con el fin de mantenerse permanentemente enamorado.
Anteriormente, se ha mencionado que las
imágenes de resonancia magnética funcional IRMF obtenidas por Fisher,
evidenciaron que las tres redes cerebrales del amor se encuentran en las zonas
más primitivas del cerebro, lo que comúnmente se llama el cerebro de reptil o
complejo R. Ese sistema de impulsos se relaciona con el sistema de recompensa
del cerebro. Actualmente, los científicos saben que aquella región del cerebro
evolucionó antes que existan y se multipliquen los mamíferos, unos sesenta y
cinco millones de años (Fisher, 2004).
Este conocimiento reciente, abre
distintas posibilidades para explicar mejor qué es el amor. ¿El amor es una
emoción o conjunto de emociones?, ¿es un sentimiento o conjunto de sentimientos?
Las investigaciones de Fisher y del psicólogo Art Aron han planteado que el
amor es algo más que una combinación de emociones y sentimientos, sus
conclusiones afirman que el amor es un sistema de motivación. Este sistema de motivación
del amor logra que individuos enamorados construyan y mantengan una relación
especial con una pareja específica sobre otros posibles prospectos. Para Fisher
(2004) este sistema de motivación o conjunto de impulsos para amar es una
necesidad. Las personas necesitan agua, necesitan calor y también necesitan
amar y ser amados.
En consecuencia, el sistema de motivación
del amor se compone por el impulso del amor romántico, el impulso del deseo
sexual y el impulso del apego. Cada impulso está configurado en una red
cerebral distinta, pero que mantienen una relación muy estrecha entre ellas.
Cada uno de estos impulsos tiene una química diferente y genera un comportamiento
e ilusión diferente sobre lo que quiere y siente un amador. Aquello implica
consecuencias que plantean vicisitudes en la vida de los seres que aman y que
será importante retomar en párrafos posteriores.
Con lo revelado hasta aquí, se abren las
puertas a distintas posibilidades, que incluso el propio Ovidio no hubiera
podido imaginar. Se puede pensar en la creación de tecnologías que puedan
incendiar nuevamente las brasas de un amor cercano a las cenizas, y hasta
posibles drogas para curar y sobre llevar un desamor.
No obstante, lo revelado desde la
química y biología para que exista el amor, sin olvidar la necesidad de un
órgano como el cerebro con una estructura física definida, genera nuevas
interrogantes; ¿qué pasa con los animales?, ¿pueden estos también sentir amor?
Amor
animal: una diferencia de grado
Voltaire (2002) en su diccionario
filosófico escribió sobre el amor:
¿Quieres
formarte una idea de lo que es el amor? Contempla los gorriones y los palomos
que hay en tu jardín; observa el toro que se aproxima donde está la vaca, y al
soberbio caballo que dos criados llevan hasta la yegua que apaciblemente le está
esperando y al recibirle menea la cola… (p.146)
El amor en animales parece más corriente
de lo que se pensaba en el pasado. Actualmente las observaciones en animales
han mejorado en cuanto a los métodos de descripción y a la cantidad de
observaciones científicas que se hacen a distintas especies.
Pensadores como Kempff Mercado (2004),
consideraron que el amor erótico-sexual es exclusivo de la especie humana. Y esa
exclusividad y la dependencia recíproca de una pareja envuelta en el amor
erótico-sexual es una consecuencia del carácter ontológico que tiene el amor
entre humanos. Fisher (2004), por su parte, considera que existen
inconmensurables descripciones sobre la vida amorosa en animales y es inviable
poder escribirlas todas en un solo libro.
El biólogo y químico Eberhard Weismann en su libro Los rituales amorosos describe el
comportamiento amoroso de distintos animales, entre ellos el petirrojo. Estas
aves son fuertemente territoriales, machos y hembras, defienden incluso con
violencia su territorio. Empero, aquella rígida defensa pierde toda voluntad
hasta que llega la época del celo. Las hembras de petirrojo ingresan a los
territorios de los machos sin la menor resistencia. Las hembras llevan material
de construcción para hacer sus nidos en los territorios de los machos y los
machos se encargan de buscar alimento para alimentar a esta compañera que ha
decidido lotear su terreno y apropiarse de su compañía. Mientras el macho está
por alimentar a la hembra ella parece agradecer con su canto. La unión de los
petirrojos continúa hasta que sus polluelos crecen y abandonan el nido. Poco a
poco, las parejas de petirrojos se encuentran más alejadas hasta que se separan
definitivamente. Y en otro tiempo de celo es muy frecuente encontrar a los
petirrojos con nuevas parejas. Y aunque no se establezca una monogamia perenne en
los petirrojos, se conoce que más del ochenta por ciento de las aves tienen un
comportamiento monógamo, mientras que los mamíferos llegan apenas a un cinco
por ciento.
Es posible que el ejemplo del petirrojo
no sea suficiente para colocarlo como un indicador de aquel sistema de
motivación que permite el amor o, en
todo caso, la manifestación del impulso del amor romántico en animales. Fisher
plantea algunos distintivos para señalar la existencia del impulso del amor
romántico: la posesión y los celos. Uno de los tantos ejemplos es el que
observó el zoólogo David Barash con un pájaro azul de la montaña. Había
comenzado la época de apareamiento y una pareja de estos pájaros habían
construido su nido donde convivían. Un día mientras el macho salió a buscar comida,
Barash colocó en una rama cercana al nido un pájaro azul de montaña macho
disecado. Cuando el macho volvió con el alimento, atacó con fuerza, agresividad
y furia al pájaro disecado al igual que a la hembra que se encontraba en el
nido, quebrando dos de sus alas importantes para el vuelo. La hembra huyó como
pudo y al tiempo el macho encontró una nueva pareja para comenzar su nidada
(Fisher, 2004). Los celos parecen no ser exclusivamente humanos, sin importar
si las parejas son heterosexuales y homosexuales. El compañero y la compañera
especial en una relación romántica también se encuentra en otras especies, como
en los chimpancé que, allende de su promiscuidad, existe aquel individuo
diferente que emocionalmente puede motivar un comportamiento afectivo distinto,
al que pueden manifestar por otros chimpancés.
Para Fisher (2004), el nerviosismo, la
pérdida de apetito, persistencia y el afecto son algunos de los síntomas del
impulso del amor romántico que existen entre la especie humana y gran parte del
reino animal. No todas las especies manifiestan la misma complejidad amorosa,
porque tiene una relación con la forma en que evoluciona el cerebro y su configuración
social. Sin embargo, cabe parafrasear a Darwin citado por Sagan (2015), que
escribió en su libro El origen del hombre,
que aquella diferencia entre el intelecto humano y los animales superiores es
básicamente en grado y no en especies, hecho que también puede aplicarse al
amor y en particular al amor romántico (p.128).
Estas conclusiones generan nuevas y
hasta creativas interrogantes, ¿existe en algún grado el impulso del amor
romántico en seres sin cerebro?, ¿pueden amar las estrellas de mar, por
ejemplo? Este texto no desviará su cometido y no se duda que algunos lectores
puedan profundizar sobre aquel exótico fenómeno. Con las vías marcadas por la
reflexión del amor desde la perspectiva filosófica, biológica y química, es el
turno de preguntarse ¿cuál es el rol de la cultura para experimentar el amor
como especie humana?, ¿y cómo la sociedad moldea las formas de vivir el amor en
pareja?
La
alienación del amor
No es posible entender el fenómeno del
amor desde un único camino. Aunque si es relevante señalar bajo que vías se
explica mejor las propiedades de este sistema de motivación. Es evidente que
ciertas manifestaciones amorosas se desarrollan en la interacción con otros
mortales dentro un mundo social que condiciona el papel de los amadores y
amados en el juego del amor. Adriana García (2013) en su trabajo de
investigación Una lectura del amor desde
la sociología: algunas dimensiones de análisis social, aborda cuatro
observaciones del amor desde la sociología: la dimensión del condicionamiento
estructural, la dimensión cultural, la dimensión de la interacción y la
dimensión del individuo.
En la dimensión estructural se hace referencia
a las normativas morales, reglamentaciones, instituciones y recursos que
restringen o viabilizan las distintas relaciones amorosas (García, 2013). Por
ejemplo, alguien que tiene recursos económicos podrá tener una dinámica amorosa
diferente de otros amadores que no cuentan con esos recursos y que, en
consecuencia, afecta o restringe su dinámica amorosa. Del mismo modo, una
sociedad bajo un halo cultural de carácter conservador puede restringir el
comportamiento y la actividad amorosa de parejas homosexuales.
La dimensión cultural, por otra parte, toma en cuenta la narrativa, las
representaciones y la cuestión simbólica de la sociedad. Esa dimensión busca
delinear las posibilidades amorosas, entender sus significados y la
representación de los sentimientos de los amadores dentro de la sociedad en la
que aman. En consecuencia, el amor se analiza como una narrativa que puede
surgir de varios medios e incluso desde los distintos estratos sociales (García,
2013).
En el caso de un abordaje desde la
dimensión Interacción, García (2013) plantea que se toma en cuenta lo que
emerge en la relación entre los individuos, se refiere a los vínculos que establecen
relaciones de reciprocidad, pero también de conflicto. Eso permite observar
aquellas interacciones que pueden estar compuestas de dos, o más personas y que
pueden ser de comportamientos sexuales diversos. Bajo esa lente, lo que se observa con
atención es cómo las parejas o grupos de amantes resuelven la compatibilidad e
incompatibilidad de sus relaciones con las narrativas (dimensión cultural) y
las condiciones estructurales (dimensión estructural) a lo largo de sus relaciones
amorosas. Lo que se analiza, entonces, es lo que los amadores dicen que
significa el amor para ellos y lo que hacen en su convivencia con sus parejas o
dentro de un grupo de amor colectivo.
Por último se encuentra la dimensión
individual. Sobre esta dimensión García (2013) supone tres perspectivas para el
desarrollo del análisis sociológico del amor. La primera perspectiva toma en
cuenta la narrativa individual de que convicciones y creencias parte cada
individuo producto de su contexto, y sobre aquello que cree, dice manifestar en
su comportamiento. Por lo tanto, se continúa con la segunda perspectiva, desde
la práctica. Aquí se observan las acciones, allende, de la concordancia con la propia
narrativa individual. Y aunque no se entiendan algunas acciones, se busca
analizar integrando esas acciones a la dinámica social y la intersubjetividad
que se tiene sobre ciertas prácticas del amor en sociedad. La tercera
perspectiva tiene que ver con la experiencia amorosa. A saber, para García
(2013) aquello se relaciona con lo que vive y siente cada amador. Una forma de
acercamiento desde la sociología es a través de lo fenomenológico, donde el
observador, aunque puede intuir lo que los amadores viven, piensan y sienten,
aquella experiencia es única y diferente entre los amadores, en consecuencia,
el observador es un mero intérprete de esos fenómenos a través de la
comunicación con los amadores.
Desde esta dimensión individual e
interpretando lo que hombres y mujeres buscan en una pareja, existe fuerte
evidencia del condicionamiento biológico acompañado de antiquísimas prácticas
sociales. Según algunos metaestudios realizados en distintas sociedades y
comunidades, con individuos de diferentes estratos sociales de gran parte del
mundo, se han identificado regularidades universales sobre rasgos que deben
tener hombres y mujeres para ser seleccionados como pareja. Por ejemplo, las
mujeres, en su gran mayoría buscan parejas con
educación, ambición, riqueza, respeto, estatus y posición. En el caso de mujeres
heterosexuales, además, buscan hombres inteligentes, altos, fuertes, con buena
coordinación motriz y valientes (Fisher, 2004). Los hombres al igual que muchas
mujeres también prefieren a mujeres inteligentes, amables, sociables, educadas
y sanas. Sin embargo hay por lo menos dos rasgos marcados que difieren con las
mujeres, la juventud y la belleza (Fisher, 2004). García (2013) confirma esa regularidad, utilizando el estudio de
Yacoub Khallad (2005) quien encuestó a estudiantes jordanos con edades promedio
de veinte años pertenecientes a distintos estratos sociales, con el fin de
analizar las condiciones que buscan hombres y mujeres al momento de seleccionar
una potencial pareja. La mayor parte de las mujeres encuestadas buscaban
hombres que se comprometan y que tuvieran una importante posición financiera. Y
los hombres preferían mujeres jóvenes y de apreciable belleza. Como escribe
García (2013), Kahallad concluye que estos rasgos de preferencia para
seleccionar una pareja no difieren significativamente frente a otras culturas.
En consecuencia, esos rasgos de selección están relacionadas con cuestiones
biológicas y evolutivas.
Se ha remarcado la existencia con base
en evidencia que el amor no es exclusivamente humano. Las distintas redes
cerebrales que conforman ese invaluable sistema de motivación, aunque difiera en
grados, se encuentra en muchas especies de animales. Es importante también
señalar, al impulso del amor romántico o enamoramiento como un fenómeno
universal en la especie humana (Fisher, 2004), allende de sus significados.
Incluso hay fenómenos del cortejo y flirteo humano que tienen evidencia de ser
universales. En su libro Anatomía del amor, Fisher (1994) describe el estudio del etólogo
Eibl-Eibesfeldt que en la década de los sesenta viajó por Samoa, Papúa,
Francia, Japón, países de África y zonas de la Amazonía, para observar las
conductas femeninas del flirteo. Posterior a obtener muchos registros de
cortejo a través de una cámara oculta, retorna a su laboratorio del Instituto
Max Planck de Fisiología de la conducta, donde examina cuadro por cuadro cada
episodio de los cortejos que pudo inmortalizar a través de su lente. No importó
si las fotos fueron tomadas en un café de París o en medio de la selva
amazónica, se había establecido un patrón del flirteo femenino. Primeramente,
las mujeres sonríen hacia quien admiran y levantan las cejas súbitamente
mientras abren bien los ojos para observarlo con mayor detenimiento. Luego
bajan los párpados, mueven y bajan la cabeza para mirar hacia otro lado. En ese
proceso, frecuentemente también se cubren el rostro con las manos, para cubrir
una sonrisa nerviosa. Eibl-Eibesfeldt
concluye que esta forma de flirteo femenino es innata en las mujeres y parece
ser una técnica humana de cortejo que se estableció millones de años atrás para
revelar el interés sexual.
Estos razonamientos implican la
dificultad que existe en modificar ciertos comportamientos, emociones,
sentimientos y sistemas de motivación que se establecen en nuestra especie a
través de millones de años de evolución con unos cuantos miles de años de
cultura.
Esta última conclusión abre nuevamente
un abanico de innumerables interrogantes. Se podría pensar, por ejemplo, ¿qué
pasará con este sistema de motivación a miles de años en el futuro cuando la
desigualdad de género, por ejemplo, en su práctica cotidiana, sea inexistente?,
¿cómo cambiará el amor en el futuro para una nueva especie que evolucione desde
los humanos? Sobre estas y otras interrogantes que surjan en el lector, se
espera que la curiosidad y la imaginación sigan siendo un motor para profundizar
la reflexión. Sin embargo, habiendo profundizado sobre este sistema de
motivación y sus mecanismos que alteran los sentimientos de gran parte de
nuestra especie, cabe abordar la siguiente interrogante: ¿cómo encontrar el
amor?
La
encrucijada de encontrar a Eros
Sobre la búsqueda y el encuentro con
Eros, Kempff (2004) concluye:
En realidad, al
amor no se sale a buscarlo. Tal vez suceda al contrario: es él quien lo
encuentra a uno. Se puede buscar una amante o una esposa, dentro de la idea
petite bourgeoise del matrimonio, pero no una amada. La amada -o el amado-
aparece cuando menos se lo piensa. (p.608)
Aquella idea es compartida por
intelectuales, artistas y escritores de nuestro tiempo. Por ejemplo, Alejandro
Dolina de forma lacónica en diferentes diálogos y entrevistas sentencia: “el
amor sucede”. Existen también términos muy populares que plantean que el amor
es ciego. Fisher (2004) a través de sus encuestas preguntó a hombres y mujeres
jóvenes si se identificaban con la afirmación «Enamorarme no fue en realidad una elección; es algo
que ocurrió de repente», el sesenta por
ciento de la mujeres manifestó estar de acuerdo, y en el caso de los hombres el
setenta por ciento aceptó aquella afirmación. Si se toma como cierto que el
amor es algo involuntario, hay por lo menos dos dificultades para vivir un amor
en comunión con el ser amado. La primera dificultad, como se ha mencionado, es
que amar no forma parte de una decisión voluntaria y personal. La segunda, una
barrera aún más infranqueable, pasa por lo que aspira aquel individuo
obsesionado por un amor, es decir, que el objeto de adoración de un amador
pueda amarlo con esa misma devoción.
En la novela El amor en tiempos del cólera, el gran escritor Gabriel García
Márquez representa ambas barreras en dos de sus personajes más
entrañables. Florentino Ariza es el
personaje que engendró un obsesionado amor desde su juventud y cargó fatalmente
con ese peso, casi hasta el final de sus días. Mientras que Fermina Daza, el objeto
de adoración de Ariza, gran parte de su existencia no pudo sentir el impulso
del amor romántico por él y tampoco por el esposo con quien formó su hogar.
Aquella obsesión, llevó a Ariza a
realizar todo tipo hazañas, pensando que sus heroicas glorias traerían el
anhelado amor de Fermina a su regazo. Estas decisiones de trazarse logros y
alcanzar glorias anhelando un amor, no es exclusivo de la ficción, también
sucede en el mundo real. ¿Cuánto de lo que hace un hombre y una mujer en su
vida es por encontrar un amor? Alejandro Dolina plantea que “todo lo que hace
el hombre es con el fin de enamorar mujeres”. Aquella frase se puede aplicar en
ambos sentidos, y aunque aparente un reduccionismo absoluto, existen
investigadores que creen que aquella apreciación tiene una buena parte de
verdad. El psicólogo Geoffrey Miller afirma que los humanos han desarrollado
infinidad de rasgos llamativos para causar una buena impresión a potenciales
parejas que puedan brindar un buen amor. A saber, investigar, componer música,
escribir libros, ejercer una profesión, demostrar amabilidad, demostrar
valentía, ejercitarse físicamente, etc. Para Miller es bastante ornamental y
energéticamente costoso el desarrollo de todo tipo de capacidades para procurarse
como único fin la sobrevivencia. Fisher (2004) citando a Miller textualmente
concluye que “si nuestros antepasados hubieran necesitado desarrollar estas
aptitudes sencillamente para sobrevivir, los chimpancés también las habrían
desarrollado. Pero no lo hicieron” (p.143).
En consecuencia, Miller sostiene que todas esas nuevas capacidades que han
creado los humanos y que perfeccionan continuamente se relacionan con alcanzar
el éxito del juego sexual y el amor romántico, en términos de Fisher (2004).
Aquello supone un problema mayor para un
enamorado, porque incluso tener una acumulación de virtudes y capacidades no
garantiza poder alcanzar un amor o, en caso de haber conquistado el objeto de
adoración, poder retenerlo para toda la vida. Ese razonamiento lleva a una
fatídica interrogante, si el amor llega de forma inesperada e involuntaria,
¿también se puede marchar inesperadamente?
Aquí es necesario retomar lo que se dejó
pendiente en párrafos anteriores, se hace referencia a las consecuencias que
envuelven la vida de los amadores por la complejidad del sistema de motivación
amoroso configurado por esa estrecha relación de impulsos que permiten sentir y
vivir el amor que conoce cada hombre y mujer de nuestra especie. A saber, si se tienen tres tipos de impulsos
que llevan a amar con químicas cerebrales y corporales diferentes y, que
generan conductas y comportamientos también diferentes con fines establecidos para
cada impulso que son esencialmente diferentes. Aquello implica enormes desafíos
para amar y ser amados a lo largo de la vida. Fisher (2004) manifiesta que por ‘desgracia’
gran parte de los amadores en algún momento de sus vidas sienten que los tres
impulsos del amor, es decir; el deseo, el amor romántico y el apego, viajan por
distintas direcciones y no se sienten muchas cosas por distintas personas. Un
fulano o mengana podría sentir apego por su pareja formal que se encuentra en
casa, al mismo tiempo sentir un fuerte deseo sexual por un compañero o
compañera de maestría y, en esa misma línea temporal, sentir una obsesión
romántica por un colega de trabajo. Estas tres redes cerebrales con impulsos
diferentes pueden hacer sentir distintas emociones y sentimientos por personas
distintas debido a la independencia que tiene cada impulso (Fisher, 2004). Ya
Ovidio (2016) señalaba a través de sus elegías su confesión por la debilidad de
sentir atracción y amor por distintas mujeres:
No me atrevería
yo a negar mis costumbres licenciosas ni a promover a causa de mis vicios una
contienda basada en la mentira… Lo odio, pero no puedo dejar de desear lo que
odio. ¡Ay!, ¡qué pesado es soportar aquello de lo que te esfuerzas por
despojarte! (p.60).
Estas dificultades estructurales de la
fisiología no determinan la infidelidad o un abandono, empero, predisponen a
distintas oportunidades de aventuras que pueden desencadenar en una traición
amorosa, al igual que a la finalización de una relación.
Como se ha mencionado, muchas parejas
que se encuentran en relaciones estables de larga data han sentido lo que Fisher
(2004) afirma sobre la disminución progresiva del impulso del amor romántico en
una relación. Y lo resume en un verso de la ópera trágica de Verdi, La
traviata: “Vivamos sólo para el placer, ya que el amor, como las flores, rápidamente
se marchita” (p.40). Para Fisher (2004), este impulso del amor disminuye cuando
una pareja se acostumbra a placeres cotidianos, dando paso al impulso del
apego. Y el apego aunque forma parte una etapa diferente del amor, es imposible
determinar, si tendrá una continuidad perenne o la extinción silenciosa que se
apaga de a poco hasta alcanzar la absoluto oscuridad.
Ya en la antigüedad, Ovidio (2016) pretendió
aconsejar, luego de conquistada una mujer, como mantener su preciada compañía,
empero, reconoce que lograr esa hazaña necesita de variables que incluyen el
azar: “Y no es menor mérito que el de buscar el de conservar lo que se ha conseguido:
en aquello interviene el azar, pero esto será obra del arte”. (p.190). Desde
Ovidio hasta Fisher se plantean sugerencias y consejos para cultivar el amor y
tener remedios ante el sufrimiento del desamor. Es verdad que Fisher tiene
sugerencias que van acorde a un mejor entendimiento sobre este extraordinario
ámbito en la vida de nuestra especie, a pesar de la invaluable intuición y lo
fantásticamente gozoso que son las elegías de Ovidio, mantener el amor del ser
amado es inviable, porque no se puede controlar
el sistema de motivación en el otro y
resulta moralmente indeseable. Lo cierto es que los hijos, los bienes y
otro tipo de proyectos tampoco consolidan y son garantía de un amor para toda
la vida. Porque el paso del tiempo, no sólo acarrea cambios en los sentimientos
hacia el ser amado, sino, también, nuevos intereses, novedosos conocimientos y
nuevas expectativas que pueden ir en sentido contrario de lo que en principio
satisfacía el espíritu de aquellos seres que se amaban. Y aunque no existan
certezas sobre el porvenir de un amor, los amadores pueden seguir los consejos
que señalan Ovidio, Kempff y Fisher, sin olvidar la complejidad del ámbito del
amor.
Habiendo descubierto parcialmente los
secretos de Eros, conviene observarlos a través del lente del realismo
afectivo, lo que posiblemente permita cultivar una madurez y responsabilidad
afectiva, para disfrutar aquel vital ámbito, sin la desesperación y la angustia
que desencadenan en controles propios de aduanas, creando un infierno en un
espacio y tiempo que bien pudo ser un hermoso paraíso.

Referencias
bibliográficas
Carus, L. (2016). La naturaleza.
Madrid, España: Gredos.
Fisher, H. (1994). Anatomía del amor:
Historia natural de la monogamia, el adulterio y el divorcio. Barcelona,
España: Anagrama.
Fisher, H. (2004). Por qué amamos.
Madrid, España: Taurus.
García, A. (2013). Una lectura del amor desde la sociología: algunas
dimensiones de análisis social.
Sociológica, 28(80), 155-188.
Kempff, M. (2004). Obras completas.
Santa Cruz de la Sierra, Bolivia: Manfredo Kempff Mercado.
Las parejas son más parecidas que diferentes, según estudio. (5 de
septiembre de 2023). DW, párr.1-3.
Recuperado de: https://www.dw.com/es/los-polos-opuestos-no-se-atraen
Nasón, O. (2016). Arte de amar.
Madrid, España: Gredos.
Pérez, M. (1990). Manfredo Kempff
Mercado: Filósofo de los Valores y la Cultura. Santa Cruz de la Sierra,
Bolivia.
Platón, (2010). Diálogos: tomo I
(Banquete). Madrid, España: Gredos.
Russell, B. (2010). Autobiografía.
Barcelona, España: Edhasa.
Sagan, C. (2015). Los dragones del
Edén. Barcelona, España: Crítica.
Voltaire, (2002). Diccionario
filosófico (tomo I). Barcelona, España: Grandes pensadores.
Weismann, E. (1986). Los rituales amorosos.
Barcelona, España: Biblioteca Científica Salvat.
Referencias
de dibujos
Pasífae esperando al toro, autor anónimo. Recuperado de:
https://www.facebook.com/causacibum/photos/a.1846506035635367/2189868897965744/?type=3



