Reseña:
sin reglas no hay juego
Mario Mercado Callaú
Todo ejercicio de la libertad natural de unos pocos individuos que ponga en
peligro la seguridad de toda la sociedad es y debe ser restringido por las leyes.
Adam Smith
Revista Percontari, tema
La libertad
A mitad de la segunda década de un nuevo
siglo y mirando hacia al pasado, quizá sea
fácil, para algunos, darse cuenta de los avances
que hemos tenido a lo largo de nuestra historia
en materia de libertad. Vale la pena hacerlo
para encontrar una orientación o sentido que
nos sirva.
Partamos con la libertad natural, que, para Jean-Jacques Rousseau, muere a partir del nacimiento de los Estados y de la inserción individual. Así, se da nacimiento al hombre nuevo dentro de una sociedad civil, en la que, muchas veces, ese nuevo hombre demanda y exige el cumplimiento de sus derechos, pero, pocas veces, piensa y exige con tal vehemencia el reconocer y cumplir con sus deberes. Rousseau dice también que el hombre, al perder su libertad natural a través de un contrato social, pierde un derecho ilimitado a todo lo que lo tienta y puede alcanzar; sin embargo, como contraprestación, gana la libertad civil y la propiedad de todo lo que posee.
En esa búsqueda de poseer cosas, el hombre se lanzó en el desarrollo de habilidades que le permitan conseguirlas, actuando, muchas veces, con inteligencia y, en otras, también muchas, a través de la fuerza. Más adelante, con la Revolución inglesa, donde saldría triunfante la burguesía en contra del absolutismo monárquico de ese entonces, se reconocería el derecho de los hombres en poder hacer lo que se les antoje con lo que es suyo, planteando que la virtud del capitalismo era un beneficio para toda la sociedad, trayendo buenas nuevas a Occidente. Esto fue impulsado gracias a grandes pensadores de la talla de John Locke, padre del liberalismo clásico, con cuyas ideas se cambiaría el curso de la historia. Dieciocho años después de la muerte de Locke, nacería Adam Smith, el economista más influyente del siglo XVIII. Con su gran libro La riqueza de las naciones, trataría de describir el esquema o, en todo caso, el movimiento económico de aquella época y lanzaría algunos criterios propios sobre sus percepciones del sistema capitalista imperante, introduciendo el concepto de la mano invisible, haciendo alusión a que el mercado se autorregula sin necesidad de terceros.
Smith señalaba que la intervención de los gobiernos podría dañar el ejercicio de la economía, pero no rechazaba su injerencia, al mismo tiempo que no lanzaba ninguna predicción a futuro sobre el tipo de desenlace que tendría la historia económica hasta nuestros días. El pensamiento de Locke y la experiencia revolucionaria en Inglaterra inspirarían a muchos pensadores franceses como Voltaire y Montesquieu, de la Ilustración, que, junto con Rousseau y otros destacados filósofos políticos, serían los promotores ideológicos de la Revolución francesa, justificada debido a las condiciones deplorables en las que se encontraba aquel reino por la negligencia y el abuso de su monarquía.
El pensamiento del liberalismo clásico y otras corrientes filosóficas modernas jugarían un papel importante en la Independencia de Estados Unidos, que se realizaría años antes de que se lleve a cabo esa gesta política en Francia, tanto es así que, al leer la carta de la Independencia norteamericana, se puede observar la gran influencia del pensamiento de Locke.
Latinoamérica alcanzaría su Independencia casi hasta mediados del siglo XIX, imbuida de todas esas nuevas corrientes filosóficas que habían sido traídas de Occidente, con el anhelo de sacarse, de una vez por todas, el yugo español, aprovechando los problemas que tenía España en Europa tanto con Francia como con Inglaterra.
En el anterior y breve relato histórico, que comprende desde el término de la Revolución inglesa, en 1689, hasta mediados del siglo XIX, se ha abarcado aproximadamente 161 años. Es un tiempo en que las promesas de la burguesía inglesa, que conciernen al pensamiento liberal, argumentando que el capitalismo sería la solución para todos los individuos de una sociedad, no se estaban cumpliendo a cabalidad. Basta con leer novelas como Oliver Twist, publicada en 1837 por el escritor inglés Charles Dickens, o Los miserables, del poeta y escritor francés Víctor Hugo, publicada en 1862, para percatarse de que lo prometido era todavía un obligación pendiente de cumplimiento. Pasa que dichos autores no inventaron estas historias de manera extraordinaria, sino que se inspiraron en hechos reales que se vivían a diario en aquellas épocas. Es más, los abusos y la explotación hacia los obreros, a las mujeres y niños, los bajos salarios, la escasa protección en sus diferentes fuentes de trabajo, tanto en el aspecto físico como en materia de beneficios sociales, entre otros, fueron el clima perfecto para el nacimiento de una nueva corriente filosófica e ideológica que trataba de dar respuesta y solución a estos problemas.
Efectivamente, en el año de 1848, en la ciudad de Londres, Inglaterra, Friedrich Engels y Karl Marx lanzan un pequeño tratado llamado Manifiesto del Partido Comunista. Posteriormente, Marx, el economista más influyente del siglo XIX, publicaría el primer tomo de su gran obra El Capital en el año 1867. Fueron las bases fundamentales de una concepción del mundo que, como lo pretendían sus gestores, acabaría con las injusticias. Sin embargo, hoy en día, cuando miramos hacia atrás, es muy probable darnos cuenta de que esta nueva corriente filosófica, empleada como un remedio, trajo más problemas que la misma enfermedad. No obstante, por lo menos, serviría para darnos cuenta de que las cosas no estaban bien y que se tenían que cambiar. Tres años después de la muerte de Marx, en la ciudad de Chicago, Estados Unidos, el primero de mayo de 1886, se realiza la famosa huelga de más de 200.000 trabajadores, exigiendo “8 horas de trabajo, 8 horas de sueño y 8 horas para la casa”. Esto se producía porque la Revolución industrial ya había llegado con fuerza a Norteamérica y existían trabajadores que trabajaban alrededor de las 18 horas diarias y en condiciones infrahumanas. "La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas". Karl Marx.
Cuando entramos en el siglo XX, podemos observar, por un lado, que la codicia sin frenos del hombre en busca de satisfacer sus ansias de poder, que recorrían los diferentes imperios en Occidente, llega a tal punto que la muerte de un individuo sirve como pretexto para desatar la Primera Guerra Mundial. En años posteriores, la misma avaricia por el poder, sumada a corrientes ideológicas nacionalistas y raciales, desataría la Segunda Guerra Mundial. Por el otro lado, la Revolución rusa y la Revolución china, que intentaron, a través de la fuerza, imponer la ideología marxista como la solución para un mejor mundo, terminarían matando más de 60 millones de personas, incluso provocando más muertos que en las dos conflagraciones mundiales juntas. Resalto que, al término de la Segunda Guerra Mundial, la dicotomía del pensamiento ideológico político que causaría la Guerra Fría dividiría al mundo entre la visión capitalista, comandada por los Estados Unidos, y la visión comunista, comandada por la Unión Soviética. Así, se crearía un mundo polarizado en cuanto a las visiones políticas y económicas.
Es en este contexto histórico que el Nobel de Economía Simon Kuznets, supervisor doctoral del también Nobel Milton Friedman, gran pensador liberal del siglo XX, expondría su tesis de la relación del crecimiento económico con la distribución del ingreso. En su criterio, el crecimiento basta para reducir la desigualdad, aun cuando se asocie también a ésta con los comienzos del crecimiento, cuando hay la necesidad de llevar a cabo grandes inversiones en infraestructura y en bienes de capital. Se entiende que, después, la generación de fuentes de trabajo y el incremento de la productividad llevarían a sueldos de mayor importancia, mejorándose la distribución de los ingresos. Aclaro que una de las críticas que se realiza a Kuznets es que su investigación solo se refiere a los Estados Unidos en un periodo de 35 años (1913-1948) y donde ocurrieron eventos poco usuales como la Gran Depresión y el Crac de 1929, al mismo tiempo que las dos guerras mundiales.
En las postrimerías a la caída del Muro de Berlín, la nueva corriente económica liberal, entonces predominante, era impulsada por grandes agoreros que defendían la desregularización del mercado y de los sistemas financieros por parte de los Estados. Ellos harían que el presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, sea la punta de lanza de tales medidas, sobre todo en el sistema financiero. A esto se sumarían casi todas las potencias mundiales, al igual que muchos países latinoamericanos. Sin embargo, de una manera muy particular, el crecimiento económico vendría muy acompañado de las crisis económicas, entre ellas, la Crisis asiática de 1997, la Crisis punto.com (1997-2001) y, quizá la peor de todas, la Crisis de la hipotecas Subprime, de 2008.
Estas crisis se desarrollarían por muchos factores distintos, pero tendrían en común las nuevas políticas liberales de la década de los 70-80. Tomada para un breve análisis, la crisis del año 2008 deja ver, con algunos ejemplos, cómo entidades financieras como Golmand Sachs son salvadas por la Reserva Federal de Estados Unidos con un préstamo a casi cero el interés, y la quiebra de Lehman Brothers, donde sus directivos salieron más que millonarios e impunes por la justicia; por tanto, no es muy difícil darse cuenta a quiénes han ido beneficiando en demasía esas nuevas directrices económicas. La desregularización del sistema financiero, por ejemplo, permitió a los dueños de los grandes bancos no involucrar su patrimonio y trabajar sobre el dinero de los ahorristas, inventado un sinnúmero de productos, o mejor llamados “bombas financieras”, como las famosas hipotecas Subprime y los tan mencionados “derivados”. Estos productos, tan bien diseñados por excelentes matemáticos que salieron de las mejores universidades del mundo, no tenían ningún tipo de regulación por parte del Estado, porque se traduce que lo que no está prohibido es prácticamente legal. De esta manera, mientras millones de personas en el mundo quedaron sin hogar, sin trabajo y sin nada, algunos pasaron hacer los nuevos millonarios casi de la noche a la mañana.
Se tiene que entender que, cuando existe una crisis como ésta, no es que afecta a todos; es solo a las mayorías, ya que el dinero no migra a otro planeta, sino que se concentra en otras y pocas manos. Esto supuso poner el interés de capitalistas poderosos (Wall Street) por encima del Estado (o entiéndase democracia). Por otro lado, resalto que, aunque existen datos actuales de la disminución de la extrema pobreza, hay muchos más datos alarmantes sobre las brechas de desigualdad tanto entre países como entre individuos. En este contexto, las críticas realizadas por Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, en su libro El precio de la desigualdad, o Paul R. Krugman, también merecedor del mismo reconocimiento, con sus fuertes críticas hacia la doctrina neoliberal y del monetarismo, ponen en cuestión y abren el debate sobre la importancia de los Estados por encima del libre mercado. Esas críticas han ido ganado mayor peso entre los intelectuales, sobre todo después de vivir la pasada crisis financiera. A estas objeciones se suma el economista francés Thomas Piketty, autor del gran libro El capital del siglo XXI, en el que crítica fuertemente a Simon Kuznets por lo anteriormente mencionado. Piketty, junto a otros economistas, hace un análisis, fundamentalmente, con datos de Francia e Inglaterra recopilados en los últimos 250 años, mientras que, de los Estados Unidos, Japón, Canadá, Alemania, se obtienen datos desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días.
Piketty argumenta en su libro que, cuando la tasa de acumulación de capital crece más rápido que la economía, las desigualdades aumentan, lo cual implica que los propietarios de grandes volúmenes de capitales serán cada vez más ricos que el resto de la población. Es con estos argumentos que se pone en tela de juicio el valor real de la “meritocracia” y el ensanchamiento de las brechas de desigualdad que existe en las distintas sociedades y, lógicamente, a un nivel global. Entre otros ejemplos que encuentro necesario destacar, señalo que empresas como ADM, Bunge, Cargill y Dreyfus manejan más del 80 % de la alimentación mundial y especulan en beneficio de su propio interés; por lo tanto, se necesita de un ente, en este caso el Estado, que proteja a los ciudadanos de tales maniobras.
Si esa presencia no fuera efectiva, se multiplicarían casos más escandalosos de corrupción, como el que sucedió en Estados Unidos por parte de los altos ejecutivos de la empresa ADM, los cuales, por suerte, fueron intervenidos por el FBI. Es muy probable que la desigualdad en sí no sea el problema, sino las consecuencias que trae, planteada por razas, por género, etc. Es también una realidad en Estados Unidos que, por cada 6 dólares que gana un blanco, un afroamericano recibe $us 1. Asimismo, mientras que el 75% de blancos se encuentran ubicados en las mejores universidades, solo tienen acceso a éstas un 7% de afroamericanos; tanto hispanos como afroamericanos se encuentran en universidades de mucho menor calidad.
Esto no es solo un mal en los Estados Unidos, sino también en los países latinoamericanos. En definitiva y para su adecuada interpretación, la crítica no se dirige a constituirse en un ataque directo al capitalismo; el ataque va dirigido a sobreponer al capitalismo por encima de la democracia, que, en definitiva, es el bastión que tienen los ciudadanos para hacer los cambios necesarios que sus Estados necesitan.
Muchos creen que distribuir mejor las riquezas se basa en igualar el poco talento de muchos ciudadanos, o favorecer a la envidia colectiva de las masas por los que se encuentran arriba, algo muy poco real. Se trata de buscar el espacio necesario en que todos puedan desarrollarse de manera digna, dentro de una nueva sociedad del siglo XXI, con inclusión e igualdad de oportunidades. Así, se salvaguardaría la libertad de los individuos que estén motivados a realizar empresas como parte de su vocación y donde la incertidumbre del riesgo de invertir su capital por la búsqueda de nuevas oportunidades se decante en éxitos y felicidad, pero también se garantizaría la posibilidad de que a aquellas personas que viven felices con la certidumbre de sus sueldos mensuales, y prefieren pasar más tiempo con sus familias que en la búsqueda de riquezas, les sean otorgadas condiciones de vida digna, con el derecho a una excelente educación y a una muy buena atención de salud, entre otras cosas, entendiendo que una excelente educación potencia más y mejora no solo la democracia, sino las condiciones de vida dentro de un país.
Partamos con la libertad natural, que, para Jean-Jacques Rousseau, muere a partir del nacimiento de los Estados y de la inserción individual. Así, se da nacimiento al hombre nuevo dentro de una sociedad civil, en la que, muchas veces, ese nuevo hombre demanda y exige el cumplimiento de sus derechos, pero, pocas veces, piensa y exige con tal vehemencia el reconocer y cumplir con sus deberes. Rousseau dice también que el hombre, al perder su libertad natural a través de un contrato social, pierde un derecho ilimitado a todo lo que lo tienta y puede alcanzar; sin embargo, como contraprestación, gana la libertad civil y la propiedad de todo lo que posee.
En esa búsqueda de poseer cosas, el hombre se lanzó en el desarrollo de habilidades que le permitan conseguirlas, actuando, muchas veces, con inteligencia y, en otras, también muchas, a través de la fuerza. Más adelante, con la Revolución inglesa, donde saldría triunfante la burguesía en contra del absolutismo monárquico de ese entonces, se reconocería el derecho de los hombres en poder hacer lo que se les antoje con lo que es suyo, planteando que la virtud del capitalismo era un beneficio para toda la sociedad, trayendo buenas nuevas a Occidente. Esto fue impulsado gracias a grandes pensadores de la talla de John Locke, padre del liberalismo clásico, con cuyas ideas se cambiaría el curso de la historia. Dieciocho años después de la muerte de Locke, nacería Adam Smith, el economista más influyente del siglo XVIII. Con su gran libro La riqueza de las naciones, trataría de describir el esquema o, en todo caso, el movimiento económico de aquella época y lanzaría algunos criterios propios sobre sus percepciones del sistema capitalista imperante, introduciendo el concepto de la mano invisible, haciendo alusión a que el mercado se autorregula sin necesidad de terceros.
Smith señalaba que la intervención de los gobiernos podría dañar el ejercicio de la economía, pero no rechazaba su injerencia, al mismo tiempo que no lanzaba ninguna predicción a futuro sobre el tipo de desenlace que tendría la historia económica hasta nuestros días. El pensamiento de Locke y la experiencia revolucionaria en Inglaterra inspirarían a muchos pensadores franceses como Voltaire y Montesquieu, de la Ilustración, que, junto con Rousseau y otros destacados filósofos políticos, serían los promotores ideológicos de la Revolución francesa, justificada debido a las condiciones deplorables en las que se encontraba aquel reino por la negligencia y el abuso de su monarquía.
El pensamiento del liberalismo clásico y otras corrientes filosóficas modernas jugarían un papel importante en la Independencia de Estados Unidos, que se realizaría años antes de que se lleve a cabo esa gesta política en Francia, tanto es así que, al leer la carta de la Independencia norteamericana, se puede observar la gran influencia del pensamiento de Locke.
Latinoamérica alcanzaría su Independencia casi hasta mediados del siglo XIX, imbuida de todas esas nuevas corrientes filosóficas que habían sido traídas de Occidente, con el anhelo de sacarse, de una vez por todas, el yugo español, aprovechando los problemas que tenía España en Europa tanto con Francia como con Inglaterra.
En el anterior y breve relato histórico, que comprende desde el término de la Revolución inglesa, en 1689, hasta mediados del siglo XIX, se ha abarcado aproximadamente 161 años. Es un tiempo en que las promesas de la burguesía inglesa, que conciernen al pensamiento liberal, argumentando que el capitalismo sería la solución para todos los individuos de una sociedad, no se estaban cumpliendo a cabalidad. Basta con leer novelas como Oliver Twist, publicada en 1837 por el escritor inglés Charles Dickens, o Los miserables, del poeta y escritor francés Víctor Hugo, publicada en 1862, para percatarse de que lo prometido era todavía un obligación pendiente de cumplimiento. Pasa que dichos autores no inventaron estas historias de manera extraordinaria, sino que se inspiraron en hechos reales que se vivían a diario en aquellas épocas. Es más, los abusos y la explotación hacia los obreros, a las mujeres y niños, los bajos salarios, la escasa protección en sus diferentes fuentes de trabajo, tanto en el aspecto físico como en materia de beneficios sociales, entre otros, fueron el clima perfecto para el nacimiento de una nueva corriente filosófica e ideológica que trataba de dar respuesta y solución a estos problemas.
Efectivamente, en el año de 1848, en la ciudad de Londres, Inglaterra, Friedrich Engels y Karl Marx lanzan un pequeño tratado llamado Manifiesto del Partido Comunista. Posteriormente, Marx, el economista más influyente del siglo XIX, publicaría el primer tomo de su gran obra El Capital en el año 1867. Fueron las bases fundamentales de una concepción del mundo que, como lo pretendían sus gestores, acabaría con las injusticias. Sin embargo, hoy en día, cuando miramos hacia atrás, es muy probable darnos cuenta de que esta nueva corriente filosófica, empleada como un remedio, trajo más problemas que la misma enfermedad. No obstante, por lo menos, serviría para darnos cuenta de que las cosas no estaban bien y que se tenían que cambiar. Tres años después de la muerte de Marx, en la ciudad de Chicago, Estados Unidos, el primero de mayo de 1886, se realiza la famosa huelga de más de 200.000 trabajadores, exigiendo “8 horas de trabajo, 8 horas de sueño y 8 horas para la casa”. Esto se producía porque la Revolución industrial ya había llegado con fuerza a Norteamérica y existían trabajadores que trabajaban alrededor de las 18 horas diarias y en condiciones infrahumanas. "La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas". Karl Marx.
Cuando entramos en el siglo XX, podemos observar, por un lado, que la codicia sin frenos del hombre en busca de satisfacer sus ansias de poder, que recorrían los diferentes imperios en Occidente, llega a tal punto que la muerte de un individuo sirve como pretexto para desatar la Primera Guerra Mundial. En años posteriores, la misma avaricia por el poder, sumada a corrientes ideológicas nacionalistas y raciales, desataría la Segunda Guerra Mundial. Por el otro lado, la Revolución rusa y la Revolución china, que intentaron, a través de la fuerza, imponer la ideología marxista como la solución para un mejor mundo, terminarían matando más de 60 millones de personas, incluso provocando más muertos que en las dos conflagraciones mundiales juntas. Resalto que, al término de la Segunda Guerra Mundial, la dicotomía del pensamiento ideológico político que causaría la Guerra Fría dividiría al mundo entre la visión capitalista, comandada por los Estados Unidos, y la visión comunista, comandada por la Unión Soviética. Así, se crearía un mundo polarizado en cuanto a las visiones políticas y económicas.
Es en este contexto histórico que el Nobel de Economía Simon Kuznets, supervisor doctoral del también Nobel Milton Friedman, gran pensador liberal del siglo XX, expondría su tesis de la relación del crecimiento económico con la distribución del ingreso. En su criterio, el crecimiento basta para reducir la desigualdad, aun cuando se asocie también a ésta con los comienzos del crecimiento, cuando hay la necesidad de llevar a cabo grandes inversiones en infraestructura y en bienes de capital. Se entiende que, después, la generación de fuentes de trabajo y el incremento de la productividad llevarían a sueldos de mayor importancia, mejorándose la distribución de los ingresos. Aclaro que una de las críticas que se realiza a Kuznets es que su investigación solo se refiere a los Estados Unidos en un periodo de 35 años (1913-1948) y donde ocurrieron eventos poco usuales como la Gran Depresión y el Crac de 1929, al mismo tiempo que las dos guerras mundiales.
En las postrimerías a la caída del Muro de Berlín, la nueva corriente económica liberal, entonces predominante, era impulsada por grandes agoreros que defendían la desregularización del mercado y de los sistemas financieros por parte de los Estados. Ellos harían que el presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, sea la punta de lanza de tales medidas, sobre todo en el sistema financiero. A esto se sumarían casi todas las potencias mundiales, al igual que muchos países latinoamericanos. Sin embargo, de una manera muy particular, el crecimiento económico vendría muy acompañado de las crisis económicas, entre ellas, la Crisis asiática de 1997, la Crisis punto.com (1997-2001) y, quizá la peor de todas, la Crisis de la hipotecas Subprime, de 2008.
Estas crisis se desarrollarían por muchos factores distintos, pero tendrían en común las nuevas políticas liberales de la década de los 70-80. Tomada para un breve análisis, la crisis del año 2008 deja ver, con algunos ejemplos, cómo entidades financieras como Golmand Sachs son salvadas por la Reserva Federal de Estados Unidos con un préstamo a casi cero el interés, y la quiebra de Lehman Brothers, donde sus directivos salieron más que millonarios e impunes por la justicia; por tanto, no es muy difícil darse cuenta a quiénes han ido beneficiando en demasía esas nuevas directrices económicas. La desregularización del sistema financiero, por ejemplo, permitió a los dueños de los grandes bancos no involucrar su patrimonio y trabajar sobre el dinero de los ahorristas, inventado un sinnúmero de productos, o mejor llamados “bombas financieras”, como las famosas hipotecas Subprime y los tan mencionados “derivados”. Estos productos, tan bien diseñados por excelentes matemáticos que salieron de las mejores universidades del mundo, no tenían ningún tipo de regulación por parte del Estado, porque se traduce que lo que no está prohibido es prácticamente legal. De esta manera, mientras millones de personas en el mundo quedaron sin hogar, sin trabajo y sin nada, algunos pasaron hacer los nuevos millonarios casi de la noche a la mañana.
Se tiene que entender que, cuando existe una crisis como ésta, no es que afecta a todos; es solo a las mayorías, ya que el dinero no migra a otro planeta, sino que se concentra en otras y pocas manos. Esto supuso poner el interés de capitalistas poderosos (Wall Street) por encima del Estado (o entiéndase democracia). Por otro lado, resalto que, aunque existen datos actuales de la disminución de la extrema pobreza, hay muchos más datos alarmantes sobre las brechas de desigualdad tanto entre países como entre individuos. En este contexto, las críticas realizadas por Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, en su libro El precio de la desigualdad, o Paul R. Krugman, también merecedor del mismo reconocimiento, con sus fuertes críticas hacia la doctrina neoliberal y del monetarismo, ponen en cuestión y abren el debate sobre la importancia de los Estados por encima del libre mercado. Esas críticas han ido ganado mayor peso entre los intelectuales, sobre todo después de vivir la pasada crisis financiera. A estas objeciones se suma el economista francés Thomas Piketty, autor del gran libro El capital del siglo XXI, en el que crítica fuertemente a Simon Kuznets por lo anteriormente mencionado. Piketty, junto a otros economistas, hace un análisis, fundamentalmente, con datos de Francia e Inglaterra recopilados en los últimos 250 años, mientras que, de los Estados Unidos, Japón, Canadá, Alemania, se obtienen datos desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días.
Piketty argumenta en su libro que, cuando la tasa de acumulación de capital crece más rápido que la economía, las desigualdades aumentan, lo cual implica que los propietarios de grandes volúmenes de capitales serán cada vez más ricos que el resto de la población. Es con estos argumentos que se pone en tela de juicio el valor real de la “meritocracia” y el ensanchamiento de las brechas de desigualdad que existe en las distintas sociedades y, lógicamente, a un nivel global. Entre otros ejemplos que encuentro necesario destacar, señalo que empresas como ADM, Bunge, Cargill y Dreyfus manejan más del 80 % de la alimentación mundial y especulan en beneficio de su propio interés; por lo tanto, se necesita de un ente, en este caso el Estado, que proteja a los ciudadanos de tales maniobras.
Si esa presencia no fuera efectiva, se multiplicarían casos más escandalosos de corrupción, como el que sucedió en Estados Unidos por parte de los altos ejecutivos de la empresa ADM, los cuales, por suerte, fueron intervenidos por el FBI. Es muy probable que la desigualdad en sí no sea el problema, sino las consecuencias que trae, planteada por razas, por género, etc. Es también una realidad en Estados Unidos que, por cada 6 dólares que gana un blanco, un afroamericano recibe $us 1. Asimismo, mientras que el 75% de blancos se encuentran ubicados en las mejores universidades, solo tienen acceso a éstas un 7% de afroamericanos; tanto hispanos como afroamericanos se encuentran en universidades de mucho menor calidad.
Esto no es solo un mal en los Estados Unidos, sino también en los países latinoamericanos. En definitiva y para su adecuada interpretación, la crítica no se dirige a constituirse en un ataque directo al capitalismo; el ataque va dirigido a sobreponer al capitalismo por encima de la democracia, que, en definitiva, es el bastión que tienen los ciudadanos para hacer los cambios necesarios que sus Estados necesitan.
Muchos creen que distribuir mejor las riquezas se basa en igualar el poco talento de muchos ciudadanos, o favorecer a la envidia colectiva de las masas por los que se encuentran arriba, algo muy poco real. Se trata de buscar el espacio necesario en que todos puedan desarrollarse de manera digna, dentro de una nueva sociedad del siglo XXI, con inclusión e igualdad de oportunidades. Así, se salvaguardaría la libertad de los individuos que estén motivados a realizar empresas como parte de su vocación y donde la incertidumbre del riesgo de invertir su capital por la búsqueda de nuevas oportunidades se decante en éxitos y felicidad, pero también se garantizaría la posibilidad de que a aquellas personas que viven felices con la certidumbre de sus sueldos mensuales, y prefieren pasar más tiempo con sus familias que en la búsqueda de riquezas, les sean otorgadas condiciones de vida digna, con el derecho a una excelente educación y a una muy buena atención de salud, entre otras cosas, entendiendo que una excelente educación potencia más y mejora no solo la democracia, sino las condiciones de vida dentro de un país.
Link de la imagen
https://www.google.com/search?q=Ignorancia&rlz=1C1QJDA_enBO622BO622&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwis75Kw4JLUAhVFkpAKHfSaA8gQ_AUICigB&biw=1536&bih=710#tbm=isch&q=Dinero&imgrc=I8RMRBhCDpN4UM:

No hay comentarios:
Publicar un comentario