lunes, 12 de septiembre de 2016


Matrix de la civilización humana 

Mario Mercado Callaú 

Revista Percontari, tema
  La ignorancia.


Normalmente, cuando se habla de ignorancia, nos referimos a terceras personas, pues es muy difícil que una persona se incluya en esa categoría. ¿Quién puede definir quién es ignorante y quién no? Quizá esto se torne más fácil cuando la comparación gira, por ejemplo, entre una persona que nunca tuvo ningún tipo de instrucción académica comparada con otra que sí ha contado con esa posibilidad.

Pero, suponiendo que aquella persona no estudiada viva en una familia donde se le inculcan valores –como el amor al prójimo, el respeto por los demás, la importancia de la honradez y lo positivo del esfuerzo para hacer un buen trabajo–, comparada con un profesional en los niveles académicos más altos que no tiene este tipo de valores, y vive en función de sus placeres, su ego, realizando el mínimo esfuerzo, sacando provecho de donde pueda, haciendo negocios de manera ilícita, etc., ¿no será válida también una comparación sobre ignorancia entre ambas? Recientemente, en una nota de una revista de nuestra ciudad, se preguntó a una modelo muy reconocida del medio sobre su nueva devoción y la excelente relación que habría formado con Cristo. Ella mencionó que, a partir de su nuevo bautismo, fue como si le hubieran quitado una “venda de los ojos” sobre el significado de una relación verdadera con Dios. Recuerdo esto porque el retiro de la “venda de los ojos” ha sucedido con muchos filósofos y científicos, quienes, al descubrir nuevos conceptos o teorías, que los acercaban más en su búsqueda de la verdad y, como Arquímedes, han podido decir ¡eureka! Con seguridad, entre el género masculino y femenino, es más probable encontrar hombres que saben de fútbol o de motores de automóviles, y que, quizá, muchas mujeres ignoran; sin embargo, también hallaremos, con mayor facilidad, muchas mujeres que pueden saber más de moda, y de las relaciones sentimentales de sus amigas, que muchos hombres. Todo eso debido a que ambos géneros tienen, por regla que, desde luego, admite excepciones, diferentes tipos de interés en distintas cosas. Con todo, si, como representantes o no de un género determinado, todos ignoramos algo, ¿quién es un ignorante?

Se ha intentado responder la anterior pregunta de distintas maneras, en diferentes épocas. Roger Bacon, uno de los filósofos más importantes de la escolástica, en su Opus majus, sostuvo que la ignorancia tenía cuatro causas, a saber: 1. La apelación a una autoridad inadecuada. 2. La influencia indebida de la costumbre. 3. Las opiniones de la multitud inculta. 4. Un despliegue vanidoso de saber para ocultar la verdadera ignorancia. Por su parte, Erasmo, un pensador fundamental para el humanismo, en su libro Elogio de la locura, atacó agudamente a la ignorancia, las preocupaciones mundanas y la falta de auténticos sentimientos cristianos de los clérigos.

Posteriormente, entre las ideas centrales de la Ilustración con respecto a la ignorancia, se decía que “la condición fundamental para que exista una buena vida en la tierra es liberar a los hombres de la ignorancia y la superstición. Ya que, libre de su ignorancia y de los poderes arbitrarios del Estado, el hombre es capaz de progresar y de perfeccionarse”. Se convirtió ésta en una de las premisas que orientaría la lucha contra los dogmas, el oscurantismo y los distintos males que afectaban la sociedad del siglo XVIII. Cabe destacar que cada una de las visiones filosóficas respecto a lo importante de no ser ignorante merece un análisis más profundo con relación a su contexto histórico en el que fue desarrollada; sin embargo, incluso así, observamos que muchos de estos pensamientos con respecto a la ignorancia son aplicables a nuestra época, donde varias personas aceptan todavía cualquier tipo de dogma o superstición como una “verdad fáctica”. Esto se presenta debido a sistemas de creencias en donde lo importante y casi único es sentir, emocionarse o cumplir las normas a cabalidad, sin un previo análisis de si es correcto o no cumplirlas.

Recientemente, en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, en una de las sucursales de uno de los supermercados más populares, Ricardo Mateos Rodríguez, una persona con discapacidad para ver, denunció haber sido discriminado al ingreso de dicho establecimiento en compañía de su perra guía, Mali, con la que realiza muchas de sus actividades diarias. Por su parte, el administrador del comercio alegó no haber entendido su caso; sin embargo, posteriormente, se pidieron las disculpas correspondientes, aduciendo que ellos cumplían con las estrictas normas que impone la autoridad competente con relación a la entrada de animales a un supermercado. Debe resaltarse, que no es la primera vez que Ricardo sufre este tipo de discriminaciones, pues también le sucedió algo muy parecido en Argentina. En ese país, en una pizzería, los encargados le negaron la entrada, sin tomar en cuenta que había normas que protegían a las personas con este tipo de discapacidad, resguardando sus derechos para que puedan desarrollar sus actividades libremente y con normalidad.

He explicado esos sucesos porque, gracias a su conocimiento, podemos ver que, por un lado, existe un tipo de ignorancia por desconocimiento de las normativas, mientras que, por otro, se produce también el mismo efecto por la falta de una cucharada de lógica, media de razón y una pizca de sentido común. Además de notar, con esos ejemplos, cómo se violaron los derechos de una persona –quizá sin provocarle algún tipo de daño físico o psicológico irreversible, pero que merece la importancia del caso, ya que el ser discriminado de esta forma conlleva quitarle el libre tránsito y el poder desarrollarse libremente como cualquier ciudadano–, se nos permite preguntar si aquellos que ejercen el poder a la hora de dictar una ley no ignoran a ciertos grupos sociales o si las normas son aplicables a todos. Surge también la inquietud de que, si aquellos que acatamos las leyes, no ignoramos en qué momento es correcto cumplirlas o no. Estas preguntas no solo se aplican a nuestros gobiernos, sino también a nuestras creencias religiosas, a nuestros paradigmas, nuestra cultura y nuestras costumbres.

Por último, me hace preguntar lo siguiente: ¿puede la ignorancia influir en la felicidad de una persona? Martin Seligman, un psicólogo y escritor estadounidense, en su libro La auténtica felicidad, relata la investigación de una alumna ciega llamada Sheena Sethi Iyengar, quien encuestó a cientos de adeptos religiosos; grabó y analizó decenas de sermones de fin de semana, y estudió la liturgia y la historia que se cuentan a los niños en once destacadas religiones norteamericanas. Su primera conclusión es que, cuanto más fundamentalista es la religión, más optimistas son sus fieles. Los judíos ortodoxos, musulmanes y cristianos fundamentalistas son claramente más optimistas que los judíos reformistas, y que los miembros de la iglesia unitaria, que, en general, son más depresivos. Asimismo, en otro estudio, se demostró de forma sistemática que los creyentes son algo más felices y están más satisfechos con la vida que los no creyentes. De esto se puede deducir que muchas personas pertenecientes a religiones fundamentalistas pueden vivir mucho más satisfechas y felices con su porción de verdad, ignorando quizá otras fuentes de respuestas, en comparación con aquellas personas que buscan, a través de la lógica, la ciencia, la razón, explicaciones más acertadas sobre nosotros y lo que sucede a nuestro alrededor.

Con todo, no debemos olvidar los costos importantes en las sociedades pasadas, cuando las masas o el pueblo no cuestionaban las acciones de sus gobernantes y de sus autoridades eclesiásticas, que coparon el pensamiento y determinaban lo que el pueblo debía conocer. Lo mismo ha sucedido con la filosofía y la ciencia.

Durante mucho tiempo, la filosofía y el pensamiento de Aristóteles predominaron en Occidente, incluso en campos como la física. Por ejemplo, en la teoría de caída libre de los cuerpos, Aristóteles remarcaba que todos los cuerpos pesados caían más rápido que los ligeros. Él mencionaba que existían dos tipos de movimiento: natural –éste, a su vez, se dividía en dos movimientos, que eran el movimiento circular de los cosmos y el movimiento hacia la superficie o hacia la atmósfera– y violento. Se aclara que el movimiento natural de un cuerpo consistía en la naturaleza formada del mismo (agua, tierra, aire, fuego), debiendo moverse a su lugar natural, dependiendo del elemento en mayor abundancia, pues éste era el que determinaba la dirección y la rapidez del cuerpo. Así, una piedra grande caía más rápido que una piedra pequeña, ya que tenía más tierra. En cuanto a los movimientos violentos, siempre según Aristóteles, eran aquellos que se apartaban de su trayectoria natural. Un ejemplo de esto último sería que una piedra se elevara hacia atmósfera, cuando su lugar natural es la superficie. La teoría propuesta por Aristóteles podía parecer lógica, pues un cuerpo pesado cae más rápido que uno ligero, ya que la gravedad lo atrae con mayor fuerza. Pero sus argumentos no eran suficientes para poder afirmarlo; sin embargo, en su momento fue la mejor manera de explicar la caída libre.

Se tuvo que aguardar a Galileo Galilei para evidenciar su desconocimiento de la realidad. Éste fue quien demostró que, en todos los cuerpos, la aceleración de la gravedad es igual, sin importar su peso; en otras palabras, todos los cuerpos caen al mismo tiempo sin importar su peso. Esto lo pudo comprobar con su experimento realizado desde la Torre de Pisa: Galileo arrojó dos objetos de diferente peso y mostró que caían al mismo tiempo. Galileo también realizó otro experimento llamado Planos inclinados y, en ambos experimentos, pudo llegar a la misma conclusión. Como se habrá advertido, incluso entre quienes son considerados, durante varias épocas, auténticas autoridades, gente absolutamente distanciada de la ignorancia, puede haber el riesgo de incurrirse en el error. Actualmente, la ciencia y la tecnología son el movimiento más importante que sigue desarrollando al mundo, con nuevos conocimientos y descubrimientos que hacen los científicos.

Quizá lo lamentable y preocupantes sea que muy pocos son los que entienden sobre ciencia e ignoramos lo que pueda pasar cuando nuevos grupos de poder acaparen estos conocimientos. Su innegable valor no debe conducirnos a una contemplación acrítica, menos aún a repetir, sin ninguna reflexión de por medio, los dictámenes que nos fijen quienes se juzgan los más entendidos en el campo.

Debemos también recordar que, aunque la ciencia haya avanzado –como podemos observar a nuestro alrededor, al mirar el poder de un teléfono inteligente, o la capacidad de las nuevas computadoras y la precisión con la que se lleva un satélite a la Luna–, todavía la ciencia no ha podido explicarnos, por ejemplo, qué es la conciencia o cómo se generó la vida en nuestro planeta. Es muy probable que tengan que pasar décadas o cientos de años para que sigamos descubriendo sobre nuestros orígenes y nuestra conciencia, ya que la matrix de la ignorancia humana no nos da ninguna pausa e incluso parece tratar de burlarnos y perdernos por caminos que todavía no tienen respuestas. Y esto me hace volver a preguntarnos, si todos somos ignorantes, ¿qué podemos hacer?

Quizá lo único que queda sea tratar de ser un poco menos ignorante, pero, para eso, necesitamos abrir nuestras mentes y nuestro corazón hacia nuevos mundos y experiencias, que no todos están dispuestos a vivir. Al final, solo queda decir lo que escribió el padre de la filosofía moderna, René Descartes: “Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro”

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