lunes, 26 de septiembre de 2016

Paz, ¿sueño o ilusión? 


Mario Mercado Callaú 

En la asunción de mi gobierno, el invitado de honor fue mi carcelero blanco, debido a que yo había perdonado toda injuria y debía mostrarle el camino a todo mi país.
 Nelson Mandela

Revista Percontari, tema
La convivencia 

El 13 de noviembre de 2015, ocurrieron los atentados de París donde, aproximadamente, 137 personas perdieron la vida y 415 quedaron heridas. Un día antes, en Beirut, un atentado dejaría 41 personas muertas y más de 200 heridos. Por otra parte, desde marzo de 2011, Siria ha venido escalando en sus niveles de violencia, donde parece existir una revolución de todos contra todos; allí, se ha podido calcular más de 200 mil muertos y cuatro millones de desplazados. Además, actualmente, en algunas ciudades y pueblos, niños mueren de hambre con sus familias, por la falta de agua y alimento. Para muchos, la violencia envuelve nuestro mundo y se puede deducir que no tenemos herramientas necesarias para luchar contra ella. Pero ¿qué tan cierto es esto? En el ensayo que escribimos con referencia a la ignorancia, tratamos de destacar lo importante de ciertas herramientas como la razón, la lógica, el sentido común y la experimentación. Todo esto a pesar de las limitaciones que cada una pueda tener. Conviene ilustrar un poco más el tema de la limitación. Dentro de la lógica matemática, Gödel demostró que la aritmética estaba incompleta; en resumen, habría ciertas limitaciones de lo que es posible demostrar mediante el razonamiento matemático. A pesar de ello, los humanos hemos podido utilizar esa enorme herramienta para llevar naves a la Luna y estudiar diferentes planetas a través de satélites espaciales sin importar sus limitantes. Es así que las limitaciones de las herramientas que tenemos a mano no impedirían lograr importantes niveles de éxito para una mejor convivencia y, consecuentemente, poder tener niveles superiores de una ansiada pacificación global. Por lo tanto, me gustaría abordar el tema de la convivencia desde dos puntos: el primero, basado en algunos datos experimentales e hipótesis científicas, y el otro, mediante datos importantes de la dinámica social moderna. Si observamos la preocupación humana sobre la moral y la ética, estas han sido estudiadas desde milenios por filósofos, teólogos y profetas. Con todo, recientemente, son también estudiadas a partir del proceso evolutivo. El psicólogo experimental y evolucionista Steven Pinker, en su libro Los ángeles que llevamos dentro, hace un exhaustivo análisis sobre la caída de los niveles de violencia en el mundo. Se basa en muchos datos recogidos y fuentes estadísticas de los diferentes organismos internacionales. Asimismo, en su entrevista con el primatólogo Frans de Waal, resalta que el antepasado compartido de los seres humanos y los chimpancés comunes legó al mundo una tercera especie, los bonobos o chimpancés pigmeos, que se separaron de sus primos comunes hace unos dos millones de años. En consecuencia, según lo aseverado por él, nosotros estamos estrechamente emparentados con los bonobos, al igual que con los chimpancés comunes. Vale la pena destacar que, cuando los bonobos viven dentro de su comunidad, nunca llevan a cabo agresiones mortales, como pasa con los chimpancés.
De hecho, los bonobos son conocidos como los chimpancés hippies debido a que son pacíficos, matriarcales, concupiscentes y herbívoros. El 28 de mayo de 2013, la BBC lanzó un titular que decía “La moral humana viene de los simios”. Se basaban en una entrevista a De Waal sobre sus 40 años de observación de primates. “Muchos de los patrones que consideramos ‘morales’ vienen de la evolución de las especies”, dijo entonces ese investigador. Afirmó también que lo que los seres humanos denominamos como moral está mucho más cerca del comportamiento social de los simios que a una imposición divina o una decisión filosófica. En otra parte de la entrevista, el científico advierte que la moral no pasa por una decisión que se toma o que se impone desde arriba –filosofía, religión o incluso autoridad–, sino que es innata al comportamiento social humano. No sólo eso: no es exclusiva, sino que viene como parte del paquete social que también puede encontrarse en otros animales como nuestros parientes primates. En síntesis, para él, los dos pilares de la moral, reciprocidad y justicia, por un lado, y empatía y compasión, por el otro, están presentes en el comportamiento social de los simios. Se acota que la primera, denominada moral uno a uno, tiene que ver con cómo un individuo espera ser tratado. Los estudios de De Waal, así como los de otros investigadores, han comprobado que chimpancés y bonobos respetan el concepto de propiedad y tratan a sus pares según la escala de jerarquía. Sin embargo, muchas otras especies parecieran regirse por un sistema parecido. Pero ¿cuándo un comportamiento social se vuelve moral? Para el consabido científico, la clave es que esos primates esperan que se les respeten sus derechos y ser tratados según su grado jerárquico. Como animales sociales, muestran gratitud e incluso pueden tomar venganza, dependiendo del comportamiento de otros hacia ellos. Respecto al segundo grado de moralidad, éste se denomina preocupación social y tiene relación con un concepto más abstracto, el cual involucra el sentido de armonía de la comunidad o grupo como un todo. Al respecto, se subraya que, aunque bastante rudimentario, los simios sí muestran ciertas formas de reconocimiento de este grado de moralidad al compartir su comida, tranquilizar a sus vecinos o incluso intervenir en peleas de terceros para evitar disturbios en la comunidad. Por supuesto, a muchos religiosos, filósofos y economistas no les han caído muy bien las conclusiones anteriormente expuestas. La pregunta lógica sería: si somos innatamente empáticos y una especie moral, ¿cómo hemos podido vivir gran parte de nuestra historia en guerras y, apenas en el siglo pasado, las dos más devastadoras de nuestra historia? Hay que entender que los chimpancés y los bonobos también luchan y guerrean; es verdad, con mucha más frecuencia y agresividad, los primeros que los últimos, pero, al parecer, son rasgos que comparten con nosotros, los humanos. En cuanto a ello, Steven Pinker, en su libro anteriormente nombrado, subtitulado con una pregunta, «¿Fue el siglo XX realmente el peor?», hace un cuadro basado en las proporciones de muertes por guerra comparado con la población mundial en cada momento donde se suscitó cada conflicto. El cuadro muestra las veintiuna guerras más atroces que ha vivido la humidad. Según las proporciones comparadas, la Segunda Guerra Mundial estaría en el puesto nueve y la Primera Guerra Mundial, en el puesto dieciséis, más alejada de los primeros lugares. Se puede deducir que hubo muchos conflictos anteriores que diezmaron más la población mundial que los sucedidos en el siglo XX. Otro dato que aparece en este libro es la definición de la palabra empatía. La empatía, con el concepto contemporáneo que la conocemos, es atribuida al psicólogo americano Edward Titchener en el año 1909. Queda claro que esta palabra solo tiene un poco más de un siglo de uso. Aunque Pinker es muy escéptico en su uso, por el cual fue ganando notoriedad, reconoce que parte de la expansión de la pacificación se debe a la empatía asociada a la solidaridad, la compasión y el cooperativismo. Actualmente, según experimentos a través de escáner cerebral en personas, no se ha podido encontrar un centro empático en el cerebro con células del mismo tipo. Sin embargo, la oxitocina es una pequeña molécula hormonal producida por el hipotálamo y su función evolutiva original era activar los componentes de la maternidad. Para el psicólogo social Daniel Batson, la reutilización de esta hormona, en tantas formas de proximidad, es el precursor evolutivo de la solidaridad humana. En experimentos recientes se ha demostrado que personas al momento de inhalar oxitocina se vuelven más generosas. Ahora me gustaría hacer otra pregunta: ¿y qué hay del egoísmo y el altruismo? Para el biólogo contemporáneo más reconocido, Richard Dawkins,  egoísmo y altruismo son expresiones del  instinto  de conservación del individuo (egoísmo) y de la especie (altruismo). Él explica que, según una teoría aceptada por algunos biólogos, heredamos los genes responsables de tales actitudes de especies antecesoras, y que, antes de nuestra llegada, la evolución biológica estuvo probablemente controlada por un mecanismo denominado selección de grupos; en virtud de este mecanismo, los grupos de individuos en los que hubiese más miembros dispuestos a sacrificar su vida por el resto tendrían mayor probabilidad de sobrevivir que los que estaban compuestos por individuos egoístas. Esto daría como resultado que el mundo terminase poblado por individuos altruistas. Es una teoría que proporciona una explicación para el hecho de que, al presente, el altruismo predomine en el mundo, pero que genera gran controversia en el mundo científico por contradecir directamente la teoría darwinista. Por ello, la explicación personal del autor acerca de la supervivencia del altruismo en el marco darwinista del egoísmo individual es que la unidad de supervivencia no es el individuo, sino el gen, es decir, bajo este punto de vista, los seres humanos y los grupos de seres humanos somos máquinas de supervivencia creadas por los genes en su propio beneficio. Volvamos a Pinker. Este autor observa y analiza, con datos estadísticos, el planteamiento hecho por Kant en su obra Sobre la paz perpetua. En una primera instancia, la expansión de los gobiernos democráticos tendría una relación directa con la pacificación que existe en el mundo, comparada con los siglos anteriores. Kant planteaba que un gobierno democrático está concebido para resolver conflictos entre ciudadanos mediante el imperio de la ley consensual, por lo que las democracias deben externalizar esta ética en sus relaciones con otros Estados. Cuando uno observa datos estadísticos de conflictos bélicos a lo largo de la historia entre países democráticos, es fácil encontrar que no existen muchos ejemplos. Por otra parte, la expansión del comercio ha sido vital para la pacificación para muchos expertos. Esto sin negar la cantidad de violencia que ha generado en los siglos pasados cuando civilizaciones se enfrentaban y obligaban a otras a comerciar o, simplemente, saqueaban sus recursos. Las estadísticas demuestran que, desde 1948, el comercio internacional creció a una escala nunca vista y que ha tenido una correlación con los bajos índices sobre los problemas bélicos entre países, ya que se entiende que un Estado abierto al comercio internacional no rompería sus lazos vitales y evitaría a toda costa entrar en conflictos con sus socios comerciales. Para muchos expertos esta ha sido llamada la Paz liberal (liberal, haciendo referencia al liberalismo clásico). Pero, en este aspecto, si bien una economía de libre comercio nos dotaría de una relativa paz entre Estados, otros expertos miran con más cautela los datos sobre el crecimiento de la desigualdad. Con todo, de no haber políticas efectivas que regulen esos índices, podríamos tener los coeficientes de Gini (medida de desigualdad) cercanos a cero (indicando desigualdades extremas), muy parecidas al siglo XIX, lo que podría provocar revoluciones en un mediano o largo plazo. Otro aspecto positivo en la pacificación global es el aumento de instituciones intergubernamentales. Kant, por ejemplo, preveía una “Federación de Estados libres”. Siguiendo esta línea, debe recordarse a la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, una IGO (organización intergubernamental) fundada en el año 1950 por Francia, Alemania occidental, Bélgica, Holanda e Italia para supervisar un mercado común y regular las producciones de las materias primas estratégicas más importantes. La organización fue concebida específicamente como un mecanismo para paliar las rivalidades y ambiciones históricas en una iniciativa comercial común. No obstante, la Comunidad del Carbón y el Acero creó el marco para la Comunidad Económica Europea, que a su vez engendraría la Unión Europea. Pinker dice, en-tonces, que, mientras más Estados pertenezcan a IGO, con democracias y mayores capacidades comerciales, los Estados serán menos propensos a tener conflictos bélicos. Entonces diremos que la democracia, el comercio y el pertenecer a IGO, favorecen a la paz. Kant Estaría acertando tres de tres, según Pinker. También podemos observar que, dentro de la dinámica social del siglo XX, las revoluciones de los derechos civiles con mayor fuerza en Estados Unidos o en Sudáfrica, por ejemplo, demuestran que las nuevas leyes sobre los derechos humanos tienen una correlación con la disminución de los linchamientos en el mundo. La inclusión de los derechos de las mujeres muestra una correlación con las disminuciones en los malos tratos y las violaciones. De la misma forma, los derechos de los niños, con la disminución de los infanticidios, intimidación y el abuso infantil. Entran igualmente en la lista los derechos de los homosexuales y su relación con la descriminalización de la homosexualidad, los derechos de los animales y la disminución de la crueldad hacia ellos. Es cierto que hay mucho por trabajar, pero lo importante es entender que estamos avanzando y que se puede hacer más. Considero que uno de los momentos más impactantes de pacificación en una nación al borde del colapso es el caso de Sudáfrica. Desmond Tutu, un clérigo anglicano de ciudad del cabo en Sudáfrica, nombrado premio Nobel de la Paz por su excelente y activa participación en la lucha de los derechos civiles y por ser parte de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de dicho país, permite hablar al respecto. Es que tuvo un impacto muy positivo en la erradicación de la violencia en Sudáfrica. Tutu escribe en su libro Sin perdón no hay futuro como se logró dicha pacificación. Como es sabido, el apartheid en Sudáfrica fue una especie de holocausto étnico que vivieron los negros sudafricanos en manos de los afrikáneres o bóeres (blancos nacidos en Sudáfrica de origen holandés). “…tuve que cumplir 72 años de edad para poder votar. Nelson Mandela esperó hasta los 76”, dice Tutu al inicio de su obra. En Sudáfrica, los negros estaban privados de todo tipo derecho; la clase política y privilegiada había creado un Estado solo para blancos y tenía como las principales fuentes de abuso y violaciones a militares y policías. Por esa razón, el año 1994, será recordado como uno de los más gloriosos del pueblo sudafricano, pues, por primera vez, blancos y negros irían a las urnas en una fiesta democrática. Nelson Mandela sería nombrado el primer presidente negro de Sudáfrica. No obstante, para llegar a este punto, en las negociaciones, el poder imperante y tiránico tuvo que ceder ante la templanza y el liderazgo moral que exudaba Nelson Mandela junto a otros dirigentes, que habían sufrido los designios del apartheid. Este sería el inicio en la búsqueda de zanjar las enormes heridas del régimen anterior. Un cometido difícil de cumplir, ya que, cuando se inició el proceso de encontrar a los responsables y hacerlos pagar por todo el mal ocasionado, se encontraron que tanto el Poder Judicial, la policía y militares seguían estando bajo el poder del régimen anterior. Nunca será innecesario destacar la figura de Mandela. Él, con su investidura como presidente del país, y Tutu, a cargo de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, tuvieron que buscar un pacto con sus verdugos que seguían viviendo ahí, junto con ellos. Esto los llevó a descartar una justicia tradicional del tipo retributiva como fue, por ejemplo, el juicio de Nuremberg, que se les hizo a los oficiales de guerra alemanes, posterior a la Segunda Guerra Mundial. En lugar de ello, se apeló a un tipo de justicia restaurativa. La justicia restaurativa buscaba sacar a la luz todas las atrocidades cometidas y donde las víctimas vivas tuvieran la oportunidad de contar todo por lo que habían pasado, denunciando a sus verdugos, liberándose de esa enorme carga y recibiendo compensaciones por parte del Estado. Si las víctimas reconocían a sus victimarios, estos tenían la oportunidad de apegarse a una amnistía antes de ser denunciados, con la condicionante de relatar los actos en los que estaban involucrados. Quizá, para muchos, este tipo de justicia no parezca como tal, ya que los acusados que se apoyaron en la amnistía, declarándose culpables, llegaron a relatar incluso con lujo de detalles los actos más atroces, para luego quedar en libertad. Para Tutu, no había mejor opción debido a que el sistema judicial estaba ya muy tensionado, presionado y sobrecargado. Habiendo este panorama, la búsqueda de culpables y sus sentencias solo haría fracasar el intento por hacer algo de justicia y, además, provocaría una mayor división entre los sudafricanos. Por otra parte, en muchos de los casos no se tenían testigos ni evidencias o pruebas de lo que había sucedido; en consecuencia, muchos juicios hubieran quedado en la nebulosa y los culpables igualmente hayan sido absueltos por la justicia. Otras de las razones por las que muchas personas llegaron aceptar este tipo de justicia porque los líderes que la negociaban, incluyendo al presidente Mandela, habían sido víctimas del apartheid y su liderazgo moral era por muchos incuestionable. Lo que Tutu más destaca, para que la mayoría de los sudafricanos hayan aceptado esta vía de justicia, es el Ubuntu. Se trata de una palabra proveniente de las lenguas nguni o botho y de las lenguas sotho de África. Ubuntu es un término muy difícil de definir en los idiomas occidentales. La palabra se refiere a la esencia misma del ser humano. “Cuando se quiere honrar a alguien - destaca Tutu- se dice; esa persona tiene Ubuntu o tú tienes Ubuntu, quiere decir esa persona es generosa, hospitalaria, amistosa, atenta y compasiva”. En palabras de Tutu: “Mi humanidad está inmersa ligada inextricablemente a la tuya […]. Perdonar no es solo ser altruista. Es lo mejor para el interés propio”. Lo pacificación en Sudáfrica no era un hecho aislado; había sucedido antes en Kenia, Zimbabwe y Namibia. Allí se buscaba también una reconciliación, rehabilitación y reconstrucción de sus países. Por tanto, deduzco que existen herramientas que nos pueden llevar a un mejor relacionamiento y convivencia. Algunos estudios de las ciencias naturales y otros de las ciencias sociales sirven para reconocernos y ver qué podemos hacer con la información que tenemos. Se entiende así que la mejora continua en nuestra convivencia puede, consecuentemente, ayudar a la pacificación de nuestro país y la de muchos países del mundo. Es posible pensar en ello mientras se reconozca nuestro valor como individuos libres que pertenecen a un conjunto social del que dependemos. Corresponde, en suma, buscar nuestro propio Ubuntu, no para volver al tribalismo, sino para aplicarlo en procura de una mejora en la estructura de las sociedades democráticas en las que hoy vivimos.


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