lunes, 11 de noviembre de 2024

Amor: certeza en la historia e incertidumbre en la vida

 Mario G. Mercado Callaú

El amor como problema

Bertrand Russell, el gran filósofo del siglo XX, escribió en el prólogo de su Autobiografía:

Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas han gobernado mi vida; el ansia de amor, la búsqueda de conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad... He buscado el amor, primero, porque conduce al éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de este gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que una conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin- he hallado. (Russell, 2010, p.17)

En esta breve, simple y profunda explicación sobre la búsqueda del amor, el notable intelectual evidencia un placer místico, una compañía vital y un gozo que no pertenece a este mundo. Muchos podrán coincidir que aquel cóctel de emociones, consecuencia de un evento amoroso significativo, puede ser padre de grandes dichas y, en un sentido opuesto, padrastro de profundas y devastadoras angustias que genera un amor no correspondido.

Desde la antigüedad, se narran maravillosas historias  que esbozan lo que causa estar poseído por los artificios de Eros. El amor ha sido sentido y se continúa  sintiendo por millones de amadores que dejan huella en la poesía, música, pintura, escultura y otras disciplinas del arte. Sin embargo, las reflexiones a la luz de la razón sobre aquel ámbito tan importante en la vida de nuestra especie, hasta hace décadas atrás, no guardaba ninguna equivalencia con lo expuesto en el mundo artístico.

Es verdad que en toda época han existido seres que, motivados por ese vitalismo o sufrida agonía han realizado reflexiones sobre los que haceres de Eros. Lucrecio en el siglo I antes de Cristo inicia su libro De rerum natura o La naturaleza de las cosas solicitando la colaboración de la diosa Venus, divinidad arquetípica del amor. Con el propósito de guía para la elaboración de su poético razonamiento sobre el mundo y el universo, así como la búsqueda de algunos fines, que van desde una explicación material de la realidad, hasta tratar de aliviar ciertas angustias humanas reflexionando sobre su condición. Lucrecio (2016) parece tener claro que el amor, más que bienes produce males. Entre ellos, la ilusión que produce el amor a hombres obsesionados por diosas y ninfas terrenales, que en ojos de mortales que no han bebido de aquel cóctel que distorsiona hasta las percepciones visuales como consecuencia de una pasión y ternura desmedida, puedan observar con mayor rigor que aquellos objetos de deseo apenas cumplen con lo estrictamente esencial de la femineidad. Si bien Lucrecio alentaba a huir y buscar refugio contra el amor para evitar el sufrimiento, Ovidio (2016), contemporáneo a Lucrecio, afirmaba que “el amor trata con mayor aspereza y ferocidad a aquellos que se resisten que aquellos que se confiesan esclavos suyos” (p.16).

En apariencia, un hombre legendario como el héroe épico Odiseo pudo resistir a las flechas de Eros y a la embriaguez de Afrodita. Se sabe que, aquel héroe destacado por su fina astucia e inigualable inteligencia, formaba parte de aquel grupo de reyes que pretendían a la mujer más hermosa de la Grecia micénica, Helena de Esparta. Empero, se cuenta que Odiseo pensó que tal belleza sólo acarrearía problemas y solicitó a Tindáreo, padre de Helena, que en caso de no ser elegido como esposo, le diera la mano de Penélope, su sobrina, hija Icario. Tindáreo sabía que muchos reyes estaban obsesionados por el amor de Helena, y esto le preocupaba. A razón de aquella angustia solicitó consejo a Odiseo sobre la solución al problema de elegir un esposo para su hija, sin que aquello ponga en riesgo la paz en Grecia. El inteligente héroe aconseja que la princesa Helena elija a su esposo y que los pretendientes que no fueran elegidos hicieran un juramento para defender y honrar entre todos aquella voluntaria decisión. Aquel acto planteaba eliminar la posibilidad de que algún pretendiente, no conforme con la decisión de la princesa Helena, intente iniciar una guerra por no haber obtenido formalmente aquel anhelado amor. Ese bello fragmento épico, las consideraciones realizadas por los poetas clásicos y la reflexión de Russell sobre el amor, tienen como consecuencia algunas interrogantes: ¿qué es el amor, es sólo un sentimiento?, ¿se tiene la capacidad de decidir a quién amar, o el amor escapa a la voluntad?, ¿cuánto de lo que hace cada mortal en su vida es para encontrar el amor?, ¿el amor como lo conocemos es sólo parte de la especie humana? Las reflexiones que se sustentan en este breve texto no aspiran a satisfacer al lector. Es una invitación instigadora hacia la propia reflexión sobre un ámbito que puede ser estrictamente necesario y, en algunos casos, suficiente para tener una buena vida.

Filosofía y ciencia: herramientas para desentrañar el arte de Eros

El problema establece una evidente dimensión del amor a abordar, se trata del amor sentimental que siente cada hombre y mujer para poder establecer aquella comunión tan especial con otro u otros seres. Desentrañar el arte de Eros puede tener muchas vías. Para tan importante tarea se ha considerado que la filosofía y la ciencia son necesarias en ese cometido. En el campo de la filosofía se ha decidido tomar en cuenta las reflexiones del filósofo y licenciado en derecho Manfredo Kempff Mercado, porque son de gran valor para realizar un primer esbozo y trazo de aquella senda que permita un acercamiento inicial y primigenio a las interrogantes planteadas. Bajo esa ruta, los avances en las distintas disciplinas científicas como, los estudios realizados por la antropóloga y bióloga Helen Fisher, pueden estructurar mejor ese camino para avanzar o crear vías alternativas, con el fin de lograr un mayor entendimiento de aquel preciado y valorado fenómeno sentimental. También se tomará en cuenta otros estudios y reflexiones que colaboren y encaminen a mejores explicaciones del misterioso y popular ámbito del amor.

Para Marcelino Pérez Fernández (1990) el libro Filosofía del amor de Kempff es una de sus obras más personales. Aquella obra se concibe luego de sus cursos sobre Las formas del sentimiento en la filosofía que Kempff dictó en 1963 en la XV Escuela Internacional de Verano de Valparaíso (Peréz, 1990). Es digno de hacer mención, que esas reflexiones han tenido una musa inspiradora, como el mismo Kempff manifiesta en el prefacio de su obra: “no podríamos destacar la enorme deuda que tenemos hacia la compañera de nuestra vida quien, silenciosamente y acaso ignorándolo, fue modelando las ideas que en estas páginas ahora ofrecemos sistematizadas. A ella, pues, le pertenecen en espíritu” (2004, p.498). En consecuencia, aquella obra es hija del amor hacia su eterna amante, Justita Suárez Moreno.

Es necesario mencionar también, que la reflexión acerca del amor en Kempff se apoya en el método fenomenológico y en el intuicionismo de Bersong. Del mismo modo utiliza el concepto de 'simpatía' que, para Bersong era parte de su método, y para Max Sheler junto al concepto de 'unificación afectiva' tienen una categoría ontológica porque esos sentimientos preceden a las distintas actividades humanas, incluyendo la actividad filosófica y científica. Explicar aquello es necesario para poder entender las herramientas y fundamentos iniciales utilizadas por Kempff, lo que permite aceptar algunas de sus tesis  o en todo caso rechazarlas a la luz de un contraste con otras reflexiones o estudios.

Mientras Kempff a través de sus reflexiones trata de hallar una ontología propia del amor, Fisher realiza sus estudios desde la ontología materialista. Aquello le permite elaborar hipótesis, combinar métodos y técnicas de estudio que van desde la utilización de encuestas, hasta el uso de aparatos tecnológicos como resonadores magnéticos para obtener imágenes del funcionamiento cerebral. Descrita las herramientas, métodos y técnicas para abordar el fenómeno del amor en ambos casos, se debe proceder a desentrañar la fatal consecuencia de los flechazos de Eros.

Definiendo qué es el amor

Kempff inicia su estudio realizando un análisis de la obra cumbre de la Grecia clásica que aborda el tema del amor, es decir, la icónica obra de Platón, El banquete. El objetivo de Kempff es entender el ideal griego del amor. Para alcanzar aquello, describe cada una de las exposiciones de los participantes de aquel legendario diálogo. Gran parte de las visiones expuestas en aquella magnífica obra se mantienen parcialmente hasta nuestros días en la cultura popular. Por ejemplo, un concepto vox populi vigente sobre la búsqueda del amor se refiere a encontrar la media naranja, metáfora que parece tener parcialmente su origen en lo expuesto por Aristófanes. En su exposición habla sobre la existencia de un tercer sexo nombrado como andrógino.  Aquellos seres contaban con una cabeza con dos rostros, cuatro orejas ocho extremidades y dos sexos, además poseían gran fuerza, vigor y orgullo, que intimidaron a los dioses y estos por miedo y desconfianza deciden separarlos. Eso desató que estos individuos fragmentados vaguen por el mundo y busquen  con ahínco esa mitad faltante para sentirse completos y alcanzar la plenitud de su ser. En ese mismo diálogo, la tesis contraria sobre la atracción de los opuestos es expuesta por Erixímaco, que partiendo de su arte, la medicina, habla del balanceo y la armonía para alcanzar la salud del enfermo, diciendo:

debe, pues, ser capaz de hacer amigos entre sí a los elementos más enemigos existentes en el cuerpo y de que se amen unos a otros. Y son los elementos más enemigos los más contrarios: lo frío de lo caliente, lo amargo de lo dulce, lo seco de lo húmedo y todas las cosas análogas. (Platón, 2010, pp.716-717)

Erixímaco plantea que Eros afecta a dos amantes en oposición que necesitan un acuerdo que los armonice. Sólo si ese acuerdo es entre dos discordantes inicialmente, Eros triunfará entre ambos. Entre estas posturas tan antiguas, al día de hoy, existe evidencia que Erixímaco tenía poca razón. Estudios recientes plantean que la atracción entre opuestos es poco cierta. El estudio realizado por Tanya Horwitz de la Universidad de Colorado de Estados Unidos, analizó rasgos comunes y diferentes en pareja como; las opiniones políticas, consumo de sustancias, nivel de educación y la edad en la que iniciaron su vida sexualmente activa, entre otros rasgos. Demostrando que las parejas tenían entre un ochenta y dos y, ochenta y nueve por ciento de similitud, frente a un tres por ciento de diferencias significativas (DW, 2023). 

Analizada las distintas exposiciones del memorable diálogo, Kempff (2004) sostiene que, a pesar que Platón entiende el amor como contemplación de la belleza absoluta a través de la enseñanza que realiza Diotima a Socrátes, en el mundo real también existe belleza, en el cuerpo y en el alma, siendo estas fácticas y relativas.

Esa conclusión inicial, permite a Kempff un primer paso en su infatigable búsqueda desde el origen contingente del amor. Esa contingencia se encuentra en los cambios que ocurren a través del proceso biológico y psíquico de hombres y mujeres, es decir, el paso de infante a niño y de adolescente a joven, para luego consolidar su madurez como seres adultos. En ese proceso analítico, Kempff (2004) encontró en las ideas del psicólogo alemán Eduard Spranger parte del fundamento de lo que es el amor. Para Spranger existe una diferencia entre lo sexual y lo erótico. Aquella diferencia es un antagonismo entre ambos aspectos, es decir, mientras que lo sexual es equivalente a la libido y al deseo que tiene como consecuencia manifestaciones de excitaciones sensibles, lo erótico es fundamentalmente psíquico con un conjunto de valoraciones estéticas y éticas. Y aunque lo erótico se manifieste a través de la valoración de la belleza del cuerpo, para Kempff que cita a Spranger, en realidad el aprecio estético es la admiración de la belleza del alma, que se manifiesta a través del cuerpo.

Mientras que para Spranger existe un antagonismo en esta cuestión, para Kempff la unión de ambos aspectos son necesarios para sentir el amor sentimental hacia una pareja. No obstante, Kempff (2004) aprovecha la diferencia marcada por Spranger, a saber, entre la atracción sexual y la atracción erótica, para refutar algunos planteamientos realizados por Freud, como sus ideas del complejo de Edipo, a saber, razona y afirma que lo erótico-asexual es lo que encamina a un hijo a sentir por su madre o lo que una madre puede sentir por su vástago.

En una línea opuesta, Kempff (2004) advierte, sin embargo, que para sentir el deseo sexual se necesita un mínimo de erotismo:

Así como para comer no sólo se necesita de hambre, sino de apetito hacia el manjar, pues con desagrado o asco el bocado es devuelto antes de saciar, lo mismo sucede –mutatis mutandis- con el hambre de sexo: se necesita cierto apetito o simpatía sexual. (p.554)

Lo erótico acompaña inseparablemente, aunque sea en pequeñas dosis, a la sexualidad. Bajo ese razonamiento, el amor para Kempff (2004) existe a partir de lo erótico y sexual o como él lo escribió erótico-sexual y, sólo sobre ese amor, un hombre y una mujer pueden estructurar una relación sólida.

Posterior a las reflexiones de Kempff emergieron nuevas y más publicaciones que buscaban seguir desentrañando los secretos del poder de Eros. Fisher en su obra, Por qué amamos, divulga algunas de sus conclusiones e hipótesis de los distintos estudios que ha realizado. Sus razonamientos gozan del uso de técnicas y tecnologías  potentes para explicar la complejidad del amor. Para Fisher (2004) el amor está compuesto por tres redes cerebrales primigenias que se desarrollaron como consecuencia de la evolución, para lograr que cada amador sucumba al acto carnal y pueda multiplicar su prole. Cada red o impulso cerebral está rigurosamente identificado. Una primera red tiene que ver con el deseo de obtener satisfacción y placer sexual. Según Fisher (2004), esa red emergió para motivar en nuestros antepasados la unión sexual con casi cualquier persona que se cruzara en frente. Una segunda red se relaciona con el amor romántico, es decir, es aquella sensación de euforia y obsesión que se siente por un sólo objeto de amor y adoración. Aquello permitiría concentrar recursos y esfuerzos en la conquista del ser amado, ahorrando tiempo y energía de gran valor para lograr la unión sexual. En términos más populares el impulso del amor romántico es el enamoramiento. La tercera red tiene que ver con el sentimiento de apego, se refiere al cariño que produce una mezcla de sentimientos de calma, paz y seguridad que sienten aquellas parejas que se acompañan por un largo camino, con el fin de amar a la pareja lo suficiente para criar entre ambos a sus vástagos. En resumidas cuentas, Fisher (2004) propone que el amor está estructurado por la evolución física y química del cerebro. Sin duda, sus conclusiones difieren enormemente a lo planteado por artistas y poetas, que marginaron al cerebro rindiendo equivocadamente culto al corazón.

Mientras que el amor en Kempff se fundamenta en lo erótico-sexual, por muchos pasajes de su obra parece describir no la totalidad del amor, sino, aquella red o impulso que Fisher logra identificar como amor romántico. Aquel impulso puede ser tan poderoso que en situaciones extremas rebaja y menoscaba el comportamiento regular de una persona. Un buen ejemplo de aquella situación citada textualmente por Kempff (2004),  es la desesperada carta que escribe Eloísa a su amor Abelardo donde manifiesta:

Aunque el nombre de esposa sea juzgado más santo y más sólido, otro hubiera sido dulce a mi corazón, el de tu querida; y, lo diré sin chocarte, el de tu concubina o de tu instrumento de placer; esperando que, cuanto más pequeña y humilde me hiciera, más me elevaría en gracia y en favor junto a ti, y que, limitada a ese papel estorbaría menos tus gloriosos destinos… Adiós, lo eres todo para mí. (p.565)

No obstante, en su visión del amor como lo erótico-sexual el deseo sigue siendo significativo. Y este amor producto de ese equilibrio – o desequilibrio- puede llevar a manifestar todo tipo de irracionalidades con la meta de conservar ese amor, aunque sea parcialmente. Otro ejemplo que pone en manifiesto Kempff (2004) es la carta que envía la señora Guyonnet a su amante Pablo Chamberland, que luego de una larga ausencia descubre que él se está por casar y escribe lo siguiente:

Cásate, amigo adorado, cásate y procura ser feliz: te lo consiento. Lo único que te pido, en nombre de nuestro cariño, que fue entrañable y dulce -¿cierto?-, es que pienses en mí y no en otra el día en que decidas engañar a tu mujer… Créeme, Pablo, por interés de uno y otro lo digo: guarda para tu antigua amiga las delicias de tu primera infidelidad. (p.571)

Pero aquella fuerza del deseo y amor romántico, en términos de Fisher, merman con el tiempo. Para Kempff (2004) este  problema de la prolongación del amor erótico-sexual aunque disminuya como consecuencia del ineludible poder de Chronos en el amplio espectro vivencial, puede ser renovado desde el interior de los amantes, porque si la fogosidad e intensidad del amor sólo está inspirado en el deseo sexual, pronto llegará la saciedad y el aburrimiento. Mientras que un amor estructurado en lo erótico-sexual contiene incontables formas de variación. Como Kempff (2004) dejó escrito: “Todo depende de la imaginación y riqueza interior de las personas” (p.570). Esa prolongación del amor planteada por Kempff (2004) describe al apego, un impulso cerebral identificado por Fisher, como una emoción más profunda y que puede mantenerse en el tiempo.

Dado aquellos razonamientos, conviene señalar otro descubrimiento que es transversal a los tres impulsos que conforman al amor desde una mirada biológica y antropológica. Desde tiempos remotos, hombres y mujeres han buscado brebajes y pócimas para muchas cuestiones como: la juventud, la inmortalidad y el amor. Son preocupaciones que mantienen su vigencia en la actual civilización. Ya Ovidio (2016) desconfiaba de aquellas pócimas que puedan conseguir un amor, como manifiesta en el Libro II del Arte de Amar: “Se engaña aquel que acude a las artes de Hemonia (pueblo lleno de hechiceras) y da de tomar lo que arranca de la frente de un potro recién nacido. Las hierbas de Medea no harán que el amor perviva, ni los conjuros de los marsos (pueblo de brujos) acompañado de mágicos sones” (p.194). En la actualidad, muchas investigaciones han identificado las variantes del cóctel químico del amor, incluso su ubicación. Y se encuentra en nuestro cerebro y en el de otras especies. 

Para Fisher (2004) los elevados niveles de dopamina en el cerebro producen una gran concentración de la atención, una motivación tesonera y colabora para tener una conducta con fines claros. También se sabe que la dopamina se encuentra relacionada con el aprendizaje de estímulos nuevos. Fisher (2004) mantiene la hipótesis de que la dopamina ayuda a mantener la concentración en el ser amado y que permite pasar por alto los defectos y cuestiones negativas del objeto de aquella insaciable obsesión. Según las encuestas realizadas por ella, los enamorados locamente ven en el objeto de su amor novedades únicas. Se conoce también que la dopamina en el cerebro produce euforia, entre otros sentimientos que manifiestan los enamorados. Otro químico cerebral que forma parte de dicho coctel es la norepinefrina, una sustancia derivada de la dopamina. Esta sustancia puede generar euforia, energía excesiva, insomnio y hasta pérdida de apetito. Es posible que niveles altos norepinefrina contribuyan a recordar a la pareja y rememorar intensamente los momentos que vivieron juntos. Teniendo niveles elevados de dopamina y norepinefrina y, en un sentido opuesto, niveles bajos de serotonina, aquel cóctel químico se relaciona con esos fuertes impulsos y pulsiones obsesivas por el ser amado (Fisher, 2004).

La compleja dinámica química del cerebro permite que se activen las distintas redes e impulsos cerebrales logrando que cualquier mortal pueda sentir amor por otro ser. Fisher identifica que cada red cerebral tiene su propio conjunto dinámico de químicos que modulan el comportamiento. El impulso del amor romántico o estar enamorado revela niveles elevados de dopamina y norepinefrina, al mismo tiempo que niveles bajos de serotonina. La red  o el impulso cerebral que desata la hoguera del deseo sexual revela niveles importantes de testosterona, mientras, el impulso cerebral del apego se alimenta de hormonas como la oxitocina y la vasopresina (Fisher, 2004). Cabe señalar que, cada individuo presenta una diferente nomenclatura química, lo que modula la personalidad de cada amador. Es posible imaginar, por ejemplo, que el arquetipo del conquistador del siglo de las luces, Giacomo Casanova, bajo ese contexto cultural de permisividad que existía en Venecia y poseído por una adicción a la dopamina y norepinefrina haya desarrollado aquella legendaria actitud de galán, con el fin de mantenerse permanentemente enamorado.

Anteriormente, se ha mencionado que las imágenes de resonancia magnética funcional IRMF obtenidas por Fisher, evidenciaron que las tres redes cerebrales del amor se encuentran en las zonas más primitivas del cerebro, lo que comúnmente se llama el cerebro de reptil o complejo R. Ese sistema de impulsos se relaciona con el sistema de recompensa del cerebro. Actualmente, los científicos saben que aquella región del cerebro evolucionó antes que existan y se multipliquen los mamíferos, unos sesenta y cinco millones de años (Fisher, 2004).

Este conocimiento reciente, abre distintas posibilidades para explicar mejor qué es el amor. ¿El amor es una emoción o conjunto de emociones?, ¿es un sentimiento o conjunto de sentimientos? Las investigaciones de Fisher y del psicólogo Art Aron han planteado que el amor es algo más que una combinación de emociones y sentimientos, sus conclusiones afirman que el amor es un sistema de motivación. Este sistema de motivación del amor logra que individuos enamorados construyan y mantengan una relación especial con una pareja específica sobre otros posibles prospectos. Para Fisher (2004) este sistema de motivación o conjunto de impulsos para amar es una necesidad. Las personas necesitan agua, necesitan calor y también necesitan amar y ser amados.

En consecuencia, el sistema de motivación del amor se compone por el impulso del amor romántico, el impulso del deseo sexual y el impulso del apego. Cada impulso está configurado en una red cerebral distinta, pero que mantienen una relación muy estrecha entre ellas. Cada uno de estos impulsos tiene una química diferente y genera un comportamiento e ilusión diferente sobre lo que quiere y siente un amador. Aquello implica consecuencias que plantean vicisitudes en la vida de los seres que aman y que será importante retomar en párrafos posteriores.

Con lo revelado hasta aquí, se abren las puertas a distintas posibilidades, que incluso el propio Ovidio no hubiera podido imaginar. Se puede pensar en la creación de tecnologías que puedan incendiar nuevamente las brasas de un amor cercano a las cenizas, y hasta posibles drogas para curar y sobre llevar un desamor.

No obstante, lo revelado desde la química y biología para que exista el amor, sin olvidar la necesidad de un órgano como el cerebro con una estructura física definida, genera nuevas interrogantes; ¿qué pasa con los animales?, ¿pueden estos también sentir amor?

Amor animal: una diferencia de grado

Voltaire (2002) en su diccionario filosófico escribió sobre el amor:

¿Quieres formarte una idea de lo que es el amor? Contempla los gorriones y los palomos que hay en tu jardín; observa el toro que se aproxima donde está la vaca, y al soberbio caballo que dos criados llevan hasta la yegua que apaciblemente le está esperando y al recibirle menea la cola… (p.146)

El amor en animales parece más corriente de lo que se pensaba en el pasado. Actualmente las observaciones en animales han mejorado en cuanto a los métodos de descripción y a la cantidad de observaciones científicas que se hacen a distintas especies.

Pensadores como Kempff Mercado (2004), consideraron que el amor erótico-sexual es exclusivo de la especie humana. Y esa exclusividad y la dependencia recíproca de una pareja envuelta en el amor erótico-sexual es una consecuencia del carácter ontológico que tiene el amor entre humanos. Fisher (2004), por su parte, considera que existen inconmensurables descripciones sobre la vida amorosa en animales y es inviable poder escribirlas todas en un solo libro.

El biólogo y químico  Eberhard Weismann en su libro Los rituales amorosos describe el comportamiento amoroso de distintos animales, entre ellos el petirrojo. Estas aves son fuertemente territoriales, machos y hembras, defienden incluso con violencia su territorio. Empero, aquella rígida defensa pierde toda voluntad hasta que llega la época del celo. Las hembras de petirrojo ingresan a los territorios de los machos sin la menor resistencia. Las hembras llevan material de construcción para hacer sus nidos en los territorios de los machos y los machos se encargan de buscar alimento para alimentar a esta compañera que ha decidido lotear su terreno y apropiarse de su compañía. Mientras el macho está por alimentar a la hembra ella parece agradecer con su canto. La unión de los petirrojos continúa hasta que sus polluelos crecen y abandonan el nido. Poco a poco, las parejas de petirrojos se encuentran más alejadas hasta que se separan definitivamente. Y en otro tiempo de celo es muy frecuente encontrar a los petirrojos con nuevas parejas. Y aunque no se establezca una monogamia perenne en los petirrojos, se conoce que más del ochenta por ciento de las aves tienen un comportamiento monógamo, mientras que los mamíferos llegan apenas a un cinco por ciento.

Es posible que el ejemplo del petirrojo no sea suficiente para colocarlo como un indicador de aquel sistema de motivación  que permite el amor o, en todo caso, la manifestación del impulso del amor romántico en animales. Fisher plantea algunos distintivos para señalar la existencia del impulso del amor romántico: la posesión y los celos. Uno de los tantos ejemplos es el que observó el zoólogo David Barash con un pájaro azul de la montaña. Había comenzado la época de apareamiento y una pareja de estos pájaros habían construido su nido donde convivían. Un día mientras el macho salió a buscar comida, Barash colocó en una rama cercana al nido un pájaro azul de montaña macho disecado. Cuando el macho volvió con el alimento, atacó con fuerza, agresividad y furia al pájaro disecado al igual que a la hembra que se encontraba en el nido, quebrando dos de sus alas importantes para el vuelo. La hembra huyó como pudo y al tiempo el macho encontró una nueva pareja para comenzar su nidada (Fisher, 2004). Los celos parecen no ser exclusivamente humanos, sin importar si las parejas son heterosexuales y homosexuales. El compañero y la compañera especial en una relación romántica también se encuentra en otras especies, como en los chimpancé que, allende de su promiscuidad, existe aquel individuo diferente que emocionalmente puede motivar un comportamiento afectivo distinto, al que pueden manifestar por otros chimpancés.

Para Fisher (2004), el nerviosismo, la pérdida de apetito, persistencia y el afecto son algunos de los síntomas del impulso del amor romántico que existen entre la especie humana y gran parte del reino animal. No todas las especies manifiestan la misma complejidad amorosa, porque tiene una relación con la forma en que evoluciona el cerebro y su configuración social. Sin embargo, cabe parafrasear a Darwin citado por Sagan (2015), que escribió en su libro El origen del hombre, que aquella diferencia entre el intelecto humano y los animales superiores es básicamente en grado y no en especies, hecho que también puede aplicarse al amor y en particular al amor romántico (p.128).

Estas conclusiones generan nuevas y hasta creativas interrogantes, ¿existe en algún grado el impulso del amor romántico en seres sin cerebro?, ¿pueden amar las estrellas de mar, por ejemplo? Este texto no desviará su cometido y no se duda que algunos lectores puedan profundizar sobre aquel exótico fenómeno. Con las vías marcadas por la reflexión del amor desde la perspectiva filosófica, biológica y química, es el turno de preguntarse ¿cuál es el rol de la cultura para experimentar el amor como especie humana?, ¿y cómo la sociedad moldea las formas de vivir el amor en pareja?

La alienación del amor

No es posible entender el fenómeno del amor desde un único camino. Aunque si es relevante señalar bajo que vías se explica mejor las propiedades de este sistema de motivación. Es evidente que ciertas manifestaciones amorosas se desarrollan en la interacción con otros mortales dentro un mundo social que condiciona el papel de los amadores y amados en el juego del amor. Adriana García (2013) en su trabajo de investigación Una lectura del amor desde la sociología: algunas dimensiones de análisis social, aborda cuatro observaciones del amor desde la sociología: la dimensión del condicionamiento estructural, la dimensión cultural, la dimensión de la interacción y la dimensión del individuo.

En la dimensión estructural se hace referencia a las normativas morales, reglamentaciones, instituciones y recursos que restringen o viabilizan las distintas relaciones amorosas (García, 2013). Por ejemplo, alguien que tiene recursos económicos podrá tener una dinámica amorosa diferente de otros amadores que no cuentan con esos recursos y que, en consecuencia, afecta o restringe su dinámica amorosa. Del mismo modo, una sociedad bajo un halo cultural de carácter conservador puede restringir el comportamiento y la actividad amorosa de parejas homosexuales.

La dimensión cultural, por otra parte,  toma en cuenta la narrativa, las representaciones y la cuestión simbólica de la sociedad. Esa dimensión busca delinear las posibilidades amorosas, entender sus significados y la representación de los sentimientos de los amadores dentro de la sociedad en la que aman. En consecuencia, el amor se analiza como una narrativa que puede surgir de varios medios e incluso desde los distintos estratos sociales (García, 2013).

En el caso de un abordaje desde la dimensión Interacción, García (2013) plantea que se toma en cuenta lo que emerge en la relación entre los individuos, se refiere a los vínculos que establecen relaciones de reciprocidad, pero también de conflicto. Eso permite observar aquellas interacciones que pueden estar compuestas de dos, o más personas y que pueden ser de comportamientos sexuales diversos.  Bajo esa lente, lo que se observa con atención es cómo las parejas o grupos de amantes resuelven la compatibilidad e incompatibilidad de sus relaciones con las narrativas (dimensión cultural) y las condiciones estructurales (dimensión estructural) a lo largo de sus relaciones amorosas. Lo que se analiza, entonces, es lo que los amadores dicen que significa el amor para ellos y lo que hacen en su convivencia con sus parejas o dentro de un grupo de amor colectivo.

Por último se encuentra la dimensión individual. Sobre esta dimensión García (2013) supone tres perspectivas para el desarrollo del análisis sociológico del amor. La primera perspectiva toma en cuenta la narrativa individual de que convicciones y creencias parte cada individuo producto de su contexto, y sobre aquello que cree, dice manifestar en su comportamiento. Por lo tanto, se continúa con la segunda perspectiva, desde la práctica. Aquí se observan las acciones, allende, de la concordancia con la propia narrativa individual. Y aunque no se entiendan algunas acciones, se busca analizar integrando esas acciones a la dinámica social y la intersubjetividad que se tiene sobre ciertas prácticas del amor en sociedad. La tercera perspectiva tiene que ver con la experiencia amorosa. A saber, para García (2013) aquello se relaciona con lo que vive y siente cada amador. Una forma de acercamiento desde la sociología es a través de lo fenomenológico, donde el observador, aunque puede intuir lo que los amadores viven, piensan y sienten, aquella experiencia es única y diferente entre los amadores, en consecuencia, el observador es un mero intérprete de esos fenómenos a través de la comunicación con los amadores.

Desde esta dimensión individual e interpretando lo que hombres y mujeres buscan en una pareja, existe fuerte evidencia del condicionamiento biológico acompañado de antiquísimas prácticas sociales. Según algunos metaestudios realizados en distintas sociedades y comunidades, con individuos de diferentes estratos sociales de gran parte del mundo, se han identificado regularidades universales sobre rasgos que deben tener hombres y mujeres para ser seleccionados como pareja. Por ejemplo, las mujeres,   en su gran mayoría buscan parejas con educación, ambición, riqueza, respeto, estatus y posición. En el caso de mujeres heterosexuales, además, buscan hombres inteligentes, altos, fuertes, con buena coordinación motriz y valientes (Fisher, 2004). Los hombres al igual que muchas mujeres también prefieren a mujeres inteligentes, amables, sociables, educadas y sanas. Sin embargo hay por lo menos dos rasgos marcados que difieren con las mujeres, la juventud y la belleza (Fisher, 2004). García (2013) confirma  esa regularidad, utilizando el estudio de Yacoub Khallad (2005) quien encuestó a estudiantes jordanos con edades promedio de veinte años pertenecientes a distintos estratos sociales, con el fin de analizar las condiciones que buscan hombres y mujeres al momento de seleccionar una potencial pareja. La mayor parte de las mujeres encuestadas buscaban hombres que se comprometan y que tuvieran una importante posición financiera. Y los hombres preferían mujeres jóvenes y de apreciable belleza. Como escribe García (2013), Kahallad concluye que estos rasgos de preferencia para seleccionar una pareja no difieren significativamente frente a otras culturas. En consecuencia, esos rasgos de selección están relacionadas con cuestiones biológicas y evolutivas.

Se ha remarcado la existencia con base en evidencia que el amor no es exclusivamente humano. Las distintas redes cerebrales que conforman ese invaluable sistema de motivación, aunque difiera en grados, se encuentra en muchas especies de animales. Es importante también señalar, al impulso del amor romántico o enamoramiento como un fenómeno universal en la especie humana (Fisher, 2004), allende de sus significados. Incluso hay fenómenos del cortejo y flirteo humano que tienen evidencia de ser universales.  En su libro Anatomía del amor, Fisher (1994) describe el estudio del etólogo Eibl-Eibesfeldt que en la década de los sesenta viajó por Samoa, Papúa, Francia, Japón, países de África y zonas de la Amazonía, para observar las conductas femeninas del flirteo. Posterior a obtener muchos registros de cortejo a través de una cámara oculta, retorna a su laboratorio del Instituto Max Planck de Fisiología de la conducta, donde examina cuadro por cuadro cada episodio de los cortejos que pudo inmortalizar a través de su lente. No importó si las fotos fueron tomadas en un café de París o en medio de la selva amazónica, se había establecido un patrón del flirteo femenino. Primeramente, las mujeres sonríen hacia quien admiran y levantan las cejas súbitamente mientras abren bien los ojos para observarlo con mayor detenimiento. Luego bajan los párpados, mueven y bajan la cabeza para mirar hacia otro lado. En ese proceso, frecuentemente también se cubren el rostro con las manos, para cubrir una sonrisa nerviosa.  Eibl-Eibesfeldt concluye que esta forma de flirteo femenino es innata en las mujeres y parece ser una técnica humana de cortejo que se estableció millones de años atrás para revelar el interés sexual.

Estos razonamientos implican la dificultad que existe en modificar ciertos comportamientos, emociones, sentimientos y sistemas de motivación que se establecen en nuestra especie a través de millones de años de evolución con unos cuantos miles de años de cultura.

Esta última conclusión abre nuevamente un abanico de innumerables interrogantes. Se podría pensar, por ejemplo, ¿qué pasará con este sistema de motivación a miles de años en el futuro cuando la desigualdad de género, por ejemplo, en su práctica cotidiana, sea inexistente?, ¿cómo cambiará el amor en el futuro para una nueva especie que evolucione desde los humanos? Sobre estas y otras interrogantes que surjan en el lector, se espera que la curiosidad y la imaginación sigan siendo un motor para profundizar la reflexión. Sin embargo, habiendo profundizado sobre este sistema de motivación y sus mecanismos que alteran los sentimientos de gran parte de nuestra especie, cabe abordar la siguiente interrogante: ¿cómo encontrar el amor?

La encrucijada de encontrar a Eros

Sobre la búsqueda y el encuentro con Eros, Kempff (2004) concluye:

En realidad, al amor no se sale a buscarlo. Tal vez suceda al contrario: es él quien lo encuentra a uno. Se puede buscar una amante o una esposa, dentro de la idea petite bourgeoise del matrimonio, pero no una amada. La amada -o el amado- aparece cuando menos se lo piensa. (p.608)

Aquella idea es compartida por intelectuales, artistas y escritores de nuestro tiempo. Por ejemplo, Alejandro Dolina de forma lacónica en diferentes diálogos y entrevistas sentencia: “el amor sucede”. Existen también términos muy populares que plantean que el amor es ciego. Fisher (2004) a través de sus encuestas preguntó a hombres y mujeres jóvenes si se identificaban con la afirmación «Enamorarme no fue en realidad una elección; es algo que ocurrió de repente», el sesenta por ciento de la mujeres manifestó estar de acuerdo, y en el caso de los hombres el setenta por ciento aceptó aquella afirmación. Si se toma como cierto que el amor es algo involuntario, hay por lo menos dos dificultades para vivir un amor en comunión con el ser amado. La primera dificultad, como se ha mencionado, es que amar no forma parte de una decisión voluntaria y personal. La segunda, una barrera aún más infranqueable, pasa por lo que aspira aquel individuo obsesionado por un amor, es decir, que el objeto de adoración de un amador pueda amarlo con esa misma devoción.

En la novela El amor en tiempos del cólera, el gran escritor Gabriel García Márquez representa ambas barreras en dos de sus personajes más entrañables.  Florentino Ariza es el personaje que engendró un obsesionado amor desde su juventud y cargó fatalmente con ese peso, casi hasta el final de sus días. Mientras que Fermina Daza, el objeto de adoración de Ariza, gran parte de su existencia no pudo sentir el impulso del amor romántico por él y tampoco por el esposo con quien formó su hogar.

Aquella obsesión, llevó a Ariza a realizar todo tipo hazañas, pensando que sus heroicas glorias traerían el anhelado amor de Fermina a su regazo. Estas decisiones de trazarse logros y alcanzar glorias anhelando un amor, no es exclusivo de la ficción, también sucede en el mundo real. ¿Cuánto de lo que hace un hombre y una mujer en su vida es por encontrar un amor? Alejandro Dolina plantea que “todo lo que hace el hombre es con el fin de enamorar mujeres”. Aquella frase se puede aplicar en ambos sentidos, y aunque aparente un reduccionismo absoluto, existen investigadores que creen que aquella apreciación tiene una buena parte de verdad. El psicólogo Geoffrey Miller afirma que los humanos han desarrollado infinidad de rasgos llamativos para causar una buena impresión a potenciales parejas que puedan brindar un buen amor. A saber, investigar, componer música, escribir libros, ejercer una profesión, demostrar amabilidad, demostrar valentía, ejercitarse físicamente, etc. Para Miller es bastante ornamental y energéticamente costoso el desarrollo de todo tipo de capacidades para procurarse como único fin la sobrevivencia. Fisher (2004) citando a Miller textualmente concluye que “si nuestros antepasados hubieran necesitado desarrollar estas aptitudes sencillamente para sobrevivir, los chimpancés también las habrían desarrollado. Pero no lo hicieron”  (p.143). En consecuencia, Miller sostiene que todas esas nuevas capacidades que han creado los humanos y que perfeccionan continuamente se relacionan con alcanzar el éxito del juego sexual y el amor romántico, en términos de Fisher (2004).

Aquello supone un problema mayor para un enamorado, porque incluso tener una acumulación de virtudes y capacidades no garantiza poder alcanzar un amor o, en caso de haber conquistado el objeto de adoración, poder retenerlo para toda la vida. Ese razonamiento lleva a una fatídica interrogante, si el amor llega de forma inesperada e involuntaria, ¿también se puede marchar inesperadamente?

Aquí es necesario retomar lo que se dejó pendiente en párrafos anteriores, se hace referencia a las consecuencias que envuelven la vida de los amadores por la complejidad del sistema de motivación amoroso configurado por esa estrecha relación de impulsos que permiten sentir y vivir el amor que conoce cada hombre y mujer de nuestra especie.  A saber, si se tienen tres tipos de impulsos que llevan a amar con químicas cerebrales y corporales diferentes y, que generan conductas y comportamientos también diferentes con fines establecidos para cada impulso que son esencialmente diferentes. Aquello implica enormes desafíos para amar y ser amados a lo largo de la vida. Fisher (2004) manifiesta que por ‘desgracia’ gran parte de los amadores en algún momento de sus vidas sienten que los tres impulsos del amor, es decir; el deseo, el amor romántico y el apego, viajan por distintas direcciones y no se sienten muchas cosas por distintas personas. Un fulano o mengana podría sentir apego por su pareja formal que se encuentra en casa, al mismo tiempo sentir un fuerte deseo sexual por un compañero o compañera de maestría y, en esa misma línea temporal, sentir una obsesión romántica por un colega de trabajo. Estas tres redes cerebrales con impulsos diferentes pueden hacer sentir distintas emociones y sentimientos por personas distintas debido a la independencia que tiene cada impulso (Fisher, 2004). Ya Ovidio (2016) señalaba a través de sus elegías su confesión por la debilidad de sentir atracción y amor por distintas mujeres:

No me atrevería yo a negar mis costumbres licenciosas ni a promover a causa de mis vicios una contienda basada en la mentira… Lo odio, pero no puedo dejar de desear lo que odio. ¡Ay!, ¡qué pesado es soportar aquello de lo que te esfuerzas por despojarte! (p.60).

Estas dificultades estructurales de la fisiología no determinan la infidelidad o un abandono, empero, predisponen a distintas oportunidades de aventuras que pueden desencadenar en una traición amorosa, al igual que a la finalización de una relación.

Como se ha mencionado, muchas parejas que se encuentran en relaciones estables de larga data han sentido lo que Fisher (2004) afirma sobre la disminución progresiva del impulso del amor romántico en una relación. Y lo resume en un verso de la ópera trágica de Verdi, La traviata: “Vivamos sólo para el placer, ya que el amor, como las flores, rápidamente se marchita” (p.40). Para Fisher (2004), este impulso del amor disminuye cuando una pareja se acostumbra a placeres cotidianos, dando paso al impulso del apego. Y el apego aunque forma parte una etapa diferente del amor, es imposible determinar, si tendrá una continuidad perenne o la extinción silenciosa que se apaga de a poco hasta alcanzar la absoluto oscuridad.

Ya en la antigüedad, Ovidio (2016) pretendió aconsejar, luego de conquistada una mujer, como mantener su preciada compañía, empero, reconoce que lograr esa hazaña necesita de variables que incluyen el azar: “Y no es menor mérito que el de buscar el de conservar lo que se ha conseguido: en aquello interviene el azar, pero esto será obra del arte”. (p.190). Desde Ovidio hasta Fisher se plantean sugerencias y consejos para cultivar el amor y tener remedios ante el sufrimiento del desamor. Es verdad que Fisher tiene sugerencias que van acorde a un mejor entendimiento sobre este extraordinario ámbito en la vida de nuestra especie, a pesar de la invaluable intuición y lo fantásticamente gozoso que son las elegías de Ovidio, mantener el amor del ser amado es inviable, porque no se puede controlar  el sistema de motivación en el otro y  resulta moralmente indeseable. Lo cierto es que los hijos, los bienes y otro tipo de proyectos tampoco consolidan y son garantía de un amor para toda la vida. Porque el paso del tiempo, no sólo acarrea cambios en los sentimientos hacia el ser amado, sino, también, nuevos intereses, novedosos conocimientos y nuevas expectativas que pueden ir en sentido contrario de lo que en principio satisfacía el espíritu de aquellos seres que se amaban. Y aunque no existan certezas sobre el porvenir de un amor, los amadores pueden seguir los consejos que señalan Ovidio, Kempff y Fisher, sin olvidar la complejidad del ámbito del amor.

Habiendo descubierto parcialmente los secretos de Eros, conviene observarlos a través del lente del realismo afectivo, lo que posiblemente permita cultivar una madurez y responsabilidad afectiva, para disfrutar aquel vital ámbito, sin la desesperación y la angustia que desencadenan en controles propios de aduanas, creando un infierno en un espacio y tiempo que bien pudo ser un hermoso paraíso.





Referencias bibliográficas

Carus, L. (2016). La naturaleza. Madrid, España: Gredos.

Fisher, H. (1994). Anatomía del amor: Historia natural de la monogamia, el adulterio y el divorcio. Barcelona, España: Anagrama.

Fisher, H. (2004). Por qué amamos. Madrid, España: Taurus.

García, A. (2013). Una lectura del amor desde la sociología: algunas dimensiones de análisis social. Sociológica, 28(80), 155-188.

Kempff, M. (2004). Obras completas. Santa Cruz de la Sierra, Bolivia: Manfredo Kempff Mercado.

Las parejas son más parecidas que diferentes, según estudio. (5 de septiembre de 2023). DW, párr.1-3. Recuperado de: https://www.dw.com/es/los-polos-opuestos-no-se-atraen

Nasón, O. (2016). Arte de amar. Madrid, España: Gredos.

Pérez, M. (1990). Manfredo Kempff Mercado: Filósofo de los Valores y la Cultura. Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.

Platón, (2010). Diálogos: tomo I (Banquete). Madrid, España: Gredos.

Russell, B. (2010). Autobiografía. Barcelona, España: Edhasa.

Sagan, C. (2015). Los dragones del Edén. Barcelona, España: Crítica.

Voltaire, (2002). Diccionario filosófico (tomo I). Barcelona, España: Grandes pensadores.

Weismann, E. (1986). Los rituales amorosos. Barcelona, España: Biblioteca Científica Salvat.

Referencias de dibujos

Pasífae esperando al toro, autor anónimo. Recuperado de: https://www.facebook.com/causacibum/photos/a.1846506035635367/2189868897965744/?type=3




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